Los bocinazos y los motores acelerados al máximo de las motos eran
ensordecedores. El cortejo llegó a paso lento pero firme, escoltado por medio centenar de autos de
alta gama y otras tantas motocicletas. Eran las cinco y veinte de la tarde y la lluvia caía lenta.
Banderas, camisetas y claveles rojos y negros pintados artificialmente para la ocasión eran el
decorado que acompañaba a un coro de almas que clamaba por la "hinchada que nunca abandona" y que
"a los traidores los tenemos que matar". A unos 400 metros de allí, en el Coloso del Parque,
Newell’s jugaba con Vélez, y el aliento de la tribuna se escuchaba claramente desde el
cementerio El salvador. Así comenzó la contundente despedida que unos 500 hinchas, vecinos,
familiares y amigos le brindaron a Roberto Pimpi Camino, el ex jefe de la barra brava leprosa,
asesinado de cinco balazos el viernes a la madrugada. El ritual terminó 30 minutos después en el
tercer piso del panteón de Empleados Municipales, sin incidentes, pero con gritos y cánticos que
clamaban venganza contra "los entregadores".
El cortejo había salido media hora antes del barrio Fonavi de Lamadrid y Alice,
donde vivió Pimpi y donde también hubo otra clara demostración del cariño y también del respeto que
los vecinos prodigaban al ex jefe del paraavalanchas leproso. Centenares de personas acompañaron el
féretro hasta el vehículo que cubriria el trayecto final hasta El Salvador. La extensa caravana se
desplazó por las calles Gutiérrez, Abanderado Grandoli, Uriburu y Francia hasta llegar a la dársena
que está frente al cementerio.
Un rato antes, el lugar se había ido poblando de a poco por simpatizantes
leprosos. Uno de los puestos de flores ubicados a pocos metros del ingreso al cementerio vio el
filón comercial al acontecimiento y ofrecía, además de los clásicos claveles rojos y blancos, una
versión negra de esa flor, obviamente artificial. Entre quienes acompañaron a Pimpi hasta su última
morada había personas mayores, pero los jóvenes dominaban la escena. Chicos en brazos de sus padres
que exhibían algún distintivo ñulista en una mano y un ramo de flores en la otra, eran otras de las
imágenes predominantes en la tarde gris.
Salvo un policía con uniforme de fajina no hubo presencia de uniformados, por lo
menos en las cercanías del acceso al cementerio. Una camioneta de la Guardia de Infantería y un par
de efectivos de la Motorizada hicieron guardia a unos 30 metros de Pellegrini, pero cuando la
caravana que acompañaba el féretro se aproximó recibieron la orden de un superior de despejar la
zona para evitar roces.
Reconocimientos. "No vivo en su barrio, pero vengo a despedirlo porque fue una
hermosa persona", contó una señora que integraba un grupo de unas cinco mujeres que hacía guardia,
poco antes del sepelio. La desconfianza hacia el cronista quedó expuesta ante la primera pregunta,
pero al final la hincha se soltó. "Lo que dicen los medios son todas mentiras. Pimpi con nosotras
era una «señor» y en la cancha con él te sentías protegida. A mí siempre me trató como lo que soy,
una mujer", remarcó, y enseguida agregó: "La gente lo quería mucho. Fijate, hay un montón de
personas que hemos viajado (a ver a Newell's) y nunca tuvimos problemas con él. Nos cuidaba".
"Por favor, y ahora dicen que lo de (Eduardo J.) López era una dictadura. No
tienen idea", añadió enojada otra mujer mucho más joven en clara defensa al ex presidente del club.
"A vos te parece que si alguien tiene fama de mafioso lo van a despedir así", apuntó su amiga,
mirando al variado grupo de simpatizantes que aguardaba para dedicarle el último adiós.
Sin perder tiempo, los familiares y amigos de Pimpi comenzaron a empujar el
carrito sobre el que transportaron el cajón hasta el nicho del tercer piso del panteón de los
Municipales. El ingreso al cementerio estuvo coronado por cánticos de hinchada. "El periodismo no
lo puede creer y la policía no deja de correr", decía una de las estrofas que retumbaban por los
pasillos, quebrando la paz del lugar. "El Pimpi tiene aliento", fue otra entonada mientras la
parcialidad subía por las escaleras abiertas del panteón mientras se colaba una vez más la ovación
que venía del Coloso del parque, siempre con la lluvia de fondo.
"Gracias por todo, Pimpi", gritó un desaforado en el pasillo atestado de gente,
mientras los sepultureros hacían todo el esfuerzo posible para colocar el féretro en el lugar
final, a unos tres metros de altura. "Pimpi era un pesado de códigos y lo entregaron desarmado",
dijo una mujer a viva voz entre la multitud. Cuando el ritual había concluido, volvieron a tronar
los pedidos de venganza: "A los traidores los vamos a matar".