El deporte distrae, aleja de la rutina, saca una sonrisa, hace olvidar cualquier problema, al menos temporalmente. Es un momento de disfrute. Pero no siempre el contexto acompaña. Ramiro Núñez, el oriundo de Pérez que se formó dentro del vóley en Sonder, se acaba de consagrar campeón de la liga y la copa estatal en Israel con el Hapoel Mate-Asher, terminando con una hegemonía de seis años del gigante Maccabi Tel Aviv.
En la liga, Hapoel venció en la serie final al Maccabi por 2-0 con triunfos 3-1 y 3-2, mientras que en la copa nacional doblegó al mismo rival, esta vez a partido único y por 3-0. Los de Tel Aviv venían ganando todo desde 2019. El reinado cayó.
El receptor de 33 años divide sus sensaciones entre la felicidad por los logros y el shock que genera vivir de cerca una guerra. “Sonaba una alarma y no entendía qué pasaba, no estaba acostumbrado a esto”, le contó Ramiro a Ovación desde Israel.
A pesar de esta incertidumbre diaria, el jugador tiene la intención de seguir en aquel país por otra temporada, postergando su vuelta a Argentina. Aunque la última palabra no está dicha. Las raíces, la familia, las amistades, también tiran de la soga. Mientras tanto, Ramiro sigue escribiendo su historia, una que comenzó en Sonder, como tantas otras.
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Sonder, los JJOO juveniles y el paso por CABA
¿Qué te acercó al vóley?
Mi llegada al vóley se da a través de mi hermano, que ya jugaba en el club. Compartíamos horas y horas jugando a todos los deportes en el patio de casa, entre estos el vóley. Yo soy de Pérez, hice la primaria ahí, y la secundaria en el Superior de Comercio de Rosario. Por este motivo no me daban los horarios para hacer fútbol. Entonces aproveché que mi hermano estaba en Sonder y empecé a practicar vóley ahí, en la categoría Sub-14. Ya en ese momento entrenaba con categorías mayores como Sub-18, Sub-21 y primera. Lo que me atrapó del vóley fue el grupo humano. Es un deporte en conjunto que te obliga a generar un buen grupo humano. El círculo de amigos que tengo hoy me lo dio Sonder. Es poder compartir no solo en lo deportivo, también en lo personal. Quizás no nos vemos por un tiempo, pero cuando nos juntamos es como si no hubiera pasado un día. El club es familia. Y el vóley me dio todo eso.
En pocos años jugaste en la selección, en los Juegos Olímpicos juveniles, pasaste por el vóley de Buenos Aires, ganaste títulos. No te quedó casi nada por vivir.
Pasé por la selección argentina menor en 2010, compartí equipo con Lucho Verasio. Ese mismo año viajamos a los Juegos Olímpícos de la Juventud en Singapur. Jugué Sudamericano juvenil y Sub-23 también con la selección. En 2013 me voy a Lomas, que tenía un proyecto con gente de altísimo nivel que buscaba posicionar a esta nueva franquicia en el más alto nivel, algo que se logró. En Liga Nacional no tenía mucho rodaje, pero sí en el Metropolitano. En 2014 estábamos en la B, ascendimos ese mismo año, salimos campeones y ganamos cuatro Metropolitanos al hilo. También se ganó una copa Aclav, un bronce sudamericano. Fue una buena etapa.
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De Argentina a Israel
¿Y cómo se dio la oportunidad de irte a jugar a Israel?
El salto a Israel se dio con un poco de suerte. El mánager del club (MS Eilabun) vio un video mío y me contactó junto a otros dos argentinos. Llegamos, hicimos una buena liga, terminamos quintos, pero por el Covid no pudimos jugar los playoffs. Al año siguiente (2020/21) vuelvo a Argentina para jugar en Obras de San Juan. La temporada 2021/22 volví al Eilabun de Israel, esta vez llegamos a semifinales de la liga y a la final de la copa nacional. La idea era seguir creciendo y mostrarte para que te vieran desde los equipos más competitivos, que muchos juegan ligas europeas. Primero pasé al Hapoel Kiryat Ata y hace tres años di el salto de calidad cuando llegué al Hapoel Mate-Asher. Jugamos tres finales de liga y dos de copas y este año se nos pudo dar.
¿Qué diferencia existe entre el vóley de allá y el sudamericano?
La diferencia está en que en Israel es un vóley europeo más estilo ruso, que es más físico que técnico-táctico. En Argentina y Brasil es más técnico, acá se trabaja más en lo físico, en la potencia, en pegarle fuerte a la pelota.
Y ahora metieron doblete con el título de la liga y la copa de Israel, cortando la hegemonía del Maccabi Tel Aviv. ¿Cuál fue la fórmula del éxito?
El grupo fue muy importante esta temporada. Vinieron tres jugadores del Maccabi Tel Aviv (el equipo más importante de Israel) que nos dieron un salto de calidad en lo deportivo y en lo mental, que además venían de salir campeones el año pasado. La experiencia volcó esa diferencia a nuestro favor.
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Vivir y jugar con el país en guerra
El 7 de octubre, el mundo se despertó con la guerra en Medio Oriente, con Israel como uno de los epicentros del conflicto. ¿Cómo se vive la guerra en primera persona?
El principio de la guerra fue complicado porque nunca había vivido algo así. Yo, por suerte, estoy alejado del epicentro, porque estoy más para el lado del Líbano. No entendía qué pasaba, no lo podía dimensionar. Fue shockeante, pero me tuve que adaptar. En estos tres años llegaron alarmas desde todos lados, tenía que correr al búnker por si pasaba algo. Me pasó una vez que estaba yendo a un partido y justo en el camino sonó una alarma que me obligó a acostarme en la calle hasta que pasara. No sé si tengo miedo, pero sí te obliga a cambiar el día a día y eso repercute en tu rendimiento, porque la cabeza no está al 100 por ciento. Muchos jugadores se han ido, hubo partidos sin público, se frena la liga, se hacen viajes rogando que no pase nada… no es fácil la situación.
¿Esto te hace replantearte el futuro sobre una vuelta a Argentina o vas a quedarte?
Con respecto al futuro, le preguntaste a la persona equivocada (risas). Soy muy del ahora, del día a día. Estoy cómodo acá desde lo deportivo y también estoy haciendo una carrera para recibirme de entrenador. Tengo esa posibilidad. No cierro las puertas de volver a jugar y vivir en Argentina. Por ahora seguiré otra temporada acá en Israel.