Días atrás le preguntaron a un referente político qué es lo que él auguraba al país tras las elecciones de octubre de 2013. Su respuesta fue corta, esquiva y vergonzosa: “Dios dirá”. Creo que Dios ya nos dijo lo suficiente al regalarnos nuestra tierra privilegiada, y no es este el momento para invocar la gracia divina. Ahora somos seres terrenales quienes hemos de defender lo construido, corregir lo errado, planificar lo faltante, erradicar y castigar la delincuencia violenta o de guante blanco e impedir que el apasionamiento ideológico sobrepase al interés general. Inconcebiblemente, los dólares de origen argentino emigrados del país superan el total de la deuda externa nacional y nadie puede desentenderse respecto a la total ausencia de inversores interesados en afincarse acá. El crecimiento de nuestro PBI está superando apenas el 2% mientras los países lindantes promedian un 5%. Me dejaron perplejo los resultados de un estudio realizado por una consultoría universitaria: el 50% de los 620 encuestados justificaron el accionar de funcionarios venales o corruptos argumentando que si cumplían con sus funciones era suficiente y había que dejarlos tranquilos. Implícitamente dijeron “es peor si roban y no hacen nada”. Juro que no entiendo esta respuesta. ¿Puede ser que, amplificado, sea ése el pensamiento que anima a nuestro pueblo? ¿Entendemos que la corrupción es la base para la inseguridad? ¿Ignoramos que cualquier obra pública sobrevaluada impide la realización de otras obras públicas y que por falta de inversión privada en el sector energético este país está gastando casi 17 mil millones de pesos para importación de combustibles? Nos seguiremos equivocando fieramente si aceptamos todo lo que sucede sin participar en alguna solución. Además de la Selección Nacional, nos une un hecho irrebatible: somos habitantes del mismo pueblo, el pueblo al que debemos proteger haciendo realidad todos los proyectos que nos ubicarán en el lugar que nos corresponde.





































