Los hechos violentos que vuelven a avergonzar a la ciudadanía rosarina no se ubican muy lejos en el tiempo de los últimos saqueos. Esta vez le tocó al deporte, y pareciera ya, al deporte de ser violentos. Mi reflexión va dirigida en este caso a aquellos que tantas veces tratan de sectorizar, delimitar, encasillar los delitos en determinadas clases sociales o franjas etáreas. Como se ve, nada más equivocado, hay que asumir que vivimos en una sociedad violenta y en consecuencia nuestro compañero de cada día y de cada circunstancia es el miedo; miedo que muchas veces es el generador de otras violencias. Somos miembros de una sociedad en la que los gobernantes dicen no conocer en profundidad el voltaje de violencia que se desata en algunas zonas, en la que una competencia deportiva merece un despliegue de defensa bélica para poder llevarse a cabo y así y todo vuelve a ganarle el miedo, que -dicho sea de paso- para algunos gobernantes es sólo una sensación. No creo que las personas que nos gobiernan tengan ni mínimamente en claro qué se debe hacer, cómo deben actuar, qué estrategias poner en práctica, porque de otro modo, es de suponer, que lo hubiesen hecho. Por el contrario se trata de ineptitud y de desconocimiento, de falta de capacidad y lo peor, de lamentable gobernabilidad. La violencia sigue atravesándonos, horadándonos hasta la última sangre. Ahora se suspendió un clásico, otro día se suspenderá otro evento, así como también se deja horas interminables a gente sin luz en pleno verano, todo es posible. ¿Y cuál es la solución? No lo sé, obviamente, no me propuse para gobernante, no me preparé ni pedí el apoyo de nadie para gobernar ni representar a nadie, ni me paga el pueblo para cumplir esas funciones. Es absoluta responsabilidad de los que gobiernan enfrentar problemas, analizarlos y resolverlos, lo que no significa suspender, ni postergar, ni mirar para otro lado; eso lo hacen las avestruces, no los gobernantes.
































