El próximo domingo se cumplirán dos meses del asesinato del comisario mayor Guillermo Morgans. Como la mayoría de los acontecimientos de esta naturaleza, al principio causan estupor, consternación, bronca y luego, poco a poco se van olvidando y quedan solo en la memoria de unos pocos, la familia, los amigos, los camaradas. Los que conocieron de cerca a Morgans lo reconocen como un hombre de bien, como un policía honesto. Los que lo conocimos desde otro lugar, en mi caso, como alumno de la Universidad del Salvador en la licenciatura en Seguridad Pública, reflexionamos también sobre qué nos sucede cuando un oficial de alta graduación quiere seguir perfeccionándose y alcanzar una titulación universitaria. A la altura de su carrera profesional, a Morgans seguramente no lo motivaba mejorar su currículum, tampoco obtener algún plus en su sueldo de empleado provincial. A Morgans como a tantos otros oficiales superiores, comisarios, inspectores, retirados con la máxima jerarquía de la policía provincial, lo motivaba el deseo de superación, de mejorar cada día, de buscar nuevos recursos desde lo académico que pudieran sostener el trabajo cotidiano. Las clases de la Universidad del Salvador le permitían también seguramente, mezclarse con sus subordinados, compartir un café en el bar de la esquina o discutir acerca de cuestiones relacionadas con la tarea diaria, algún tema de criminalística, sociología o de ética aplicada a la función. La policía de la Provincia ha hecho méritos para estar sometida al juicio desfavorable de la sociedad, pero también es cierto que muchas veces se ve solo lo negativo, lo que sobresale, lo que irrita, fastidia y enoja. Y es razonable que esto suceda. Es justo reclamar que se dé a conocer, se cuestione, se identifique a los responsables de las malas acciones y se les apliquen las sanciones que correspondan. Pero no siempre se reconoce a los funcionarios policiales que se dedican vocacionalmente a la difícil tarea de proveer seguridad a los bienes y a las personas que habitamos esta querida Provincia. Por supuesto que hay que sacar de la fuerza a los malos empleados pero no es menos cierto que es necesario reconocer el esfuerzo, mejorar la autoestima, potenciar la vocación, mejorar los salarios y las condiciones de trabajo, invertir en la formación y la capacitación de los hombres y mujeres que integran la institución. Siempre digo que depositar en la policía la responsabilidad de las políticas de seguridad es un grave error, pero también lo es el de pretender llevar adelante el gobierno de la seguridad sin la policía y menos aún en contra de la policía. La improvisación en cuestiones de políticas de seguridad, las reacciones espasmódicas, el avance de fuerzas nacionales en el territorio ocupándolo pero sin generar más alternativas que el control y la sanción, la dificultad para sostener en el tiempo acciones que respondan a las demandas de los vecinos, la retórica fácil, etc. solo se corrigen con un verdadero plan integral de seguridad que privilegie la formación y capacitación de los recursos humanos y la provisión del equipamiento necesario para el cumplimiento de la misión de cada uno de los funcionarios involucrados. La conducción política deberá estar en manos expertas y contar con el respaldo de todos los poderes del Estado y también de los partidos de la oposición. Para ello será imprescindible el debate y la participación de todos los sectores involucrados, los sindicatos, las iglesias, las ONGs que se dedican a estas cuestiones etc. La conducción estratégica deberá ser absolutamente profesionalizada, con capacidad para articular con otras fuerzas de seguridad y con otros actores sociales para implementar las formas de intervención contra todas las manifestaciones del delito y procurar así una mejora en la calidad de vida de los ciudadanos. La transparencia y la rendición de cuentas a la ciudadanía deberán ser prácticas cotidianas. Para que Morgans y tantos otros no hayan entregado sus vidas en vano es imperioso comenzar a transitar estos caminos.





































