¡Vamos con el vino!
Ese fue el grito proveniente de un automóvil que escuché hace poco, dirigido a mi persona,
mientras caminaba distraídamente por el centro rosarino.
No sé quién fue aunque es claro que me conoce (incluso, digamos que me conoce bien), pero sea
quien sea, tiene razón: vamos con el vino.
Y es que, si lo pienso, el vino ha sido uno de mis más fieles y queridos compañeros a lo
largo de todos estos años.
Alegrías, tristezas y melancolías, fervores, heridas y soledades han sido vividas a su lado,
enriquecidas o toleradas gracias a su belleza, a su corazón de amigo sin dobleces.
No tengo ganas de argumentar en contra de quienes confunden el amor por la bebida con el
alcoholismo. Sepan disculparme: estas cosas se entienden o no se entienden. Es así: la pasión no se
explica, se siente.
El consumo de vino necesita, eso sí, de la inteligencia: quien lo bebe sin sabiduría o sin
respeto, sufrirá las consecuencias. Su tibia caricia puede convertirse en bofetada. Y su bondad
transformarse en la peor de las pesadillas.
Pero en la medida justa (cada cual sabrá cuál es), cómo no sentir que se trata de uno de los
grandes milagros, uno de los carozos de la fruta de la vida. Reunión de color, aroma y sabor, de
historia y juventud, de lucidez y misterio, en sus texturas cálidas se esconden mundos que merecen
ser explorados.
Ahora están de moda los varietales y los poderosos pagan más de quinientos pesos (mucho más
también) por una simple botella. Pero no es necesario ser un aristócrata para gozar de la amistad
del vino: en épocas lejanas éramos felices con el simple torrontés salteño en damajuana, que
bebíamos fresco en las peñas ya cerradas, como la querida Salamanca.
Cuando había un peso más, los amigos también sabíamos jugar fuerte. Aunque no hacía falta ir
mucho más allá de ciertos clásicos para ser felices. Bastaban el Borgoña Bianchi, el Pont Leveque,
el Fond de Cave o el Carcassonne para encontrarse con la estirpe indoblegable de los grandes tintos
argentinos. Y en ocasiones especiales nos topábamos de frente con un Chateau Vieux o Montchenot, un
Cavas de Weinert o un Rutini. Qué tanto.
Sabíamos también valorar la delicadeza transparente de los blancos y la gracilidad esquiva de
los rosados. No hay que ser fundamentalistas: cada vino tiene su momento.
Ahora, los Cabernet Sauvignon llenos de pimiento y los Malbec de grave madera pueden
encontrar grato complemento en los Merlot cargados de fruta roja o en los traviesos Tempranillo y
Bonarda, desafiantes como todos los jóvenes. ¿Y los Chardonnay con reminiscencias de banana y
vainilla? ¿Y el Castel Chandon o el Bianchi Chablis?
Pero gustos son gustos (los que saben lo saben bien) y entonces cada cual tiene derecho a
elegir su propia ruta para llegar a la alegría. Buscar es el mayor de los placeres, como probar y
conversar acerca de lo probado.
El vino es como una mujer hermosa: siempre guarda un secreto.
A develarlo, que la vida se va.



























