Todo ser humano tiene precio, según un antiquísimo concepto. Hay una inmensa escala de situaciones en esa apreciación: desde otorgar una propina hasta vaciar deliberadamente las arcas de una nación. Otorgar una propina es reconocer un servicio transitorio bien prestado. Apoderarse con malas artes de bienes públicos confiados a su cuidado y satisfacer una compulsión enfermiza es totalmente deleznable y punible. Todos sabemos a qué y a quienes me estoy refiriendo, algo que presentíamos desde largo tiempo atrás. Este vaciamiento de fondos públicos previos al cambio de gobierno dejó indefenso al país y el nuevo equipo carece de oficio político para cumplir los compromisos contraídos. La ciudadanía soportó los primeros golpes inflacionarios pensando que esos ajustes eran imprescindibles para regularizar un mal estado de cosas pero actualmente se está llegando al tuétano del hueso y los ajustes siguen "in eternum", los bolsillos no contienen el dinero necesario para llegar al fin de mes y las primeras manifestaciones de descontento ya asomaron. Estamos a pocos pasos detrás de Venezuela con su bolivarianismo y populismo a cuestas. Esto es peligroso. Urgen los contactos al más alto nivel entre todos los responsables de conducir este país para producir la serie de medidas que suavicen la situación. El ser humano puede tener un precio pero el país no lo tiene.

































