El pibe no camina, tampoco trota, ni siquiera está corriendo. El pibe vuela. Y vuela porque lo apremia la certeza de los tiros. Es una evidencia física, las balas solo se detienen cuando impactan contra su objetivo y el pibe sabe bien que le están apuntando. Desde el alto bajó hacia la suiza Argentina este nadie que la sociedad escupe, este ninguneado espanta-turistas que no se quiere acostumbrar a vivir en la miseria de los cerros. La clase mediera y turística de Bariloche se encoge de hombros y no entiende cómo y por qué la policía los deja bajar, que aquí abajo la libertad se cotiza en euros. Allí donde no hay un poder superior capaz de aterrarlos a ellos hay un peligro de robo permanente, que la sociedad civilizada padece. Allí donde el reclamo era la represión ha de advenir. La policía le sigue el rastro y no tarda en echárselo. Después uno más y otro. Son tres muertos, tres posibilidades que ya no son ni serán. La arquitectura del miedo se convierte así en el fundamento de la sociedad política y la brecha social se regocija ante tremendo espectáculo. Es la civilización al ataque de la barbarie.


































