La sonrisa franca con que Francisco se presentó ante sus fieles aquella noche del 13 de marzo de 2013 no abandonó más a Jorge Mario Bergoglio.

La sonrisa franca con que Francisco se presentó ante sus fieles aquella noche del 13 de marzo de 2013 no abandonó más a Jorge Mario Bergoglio.
El jesuita mantuvo aquella esencia pastoral que lo distinguió como arzobispo de Buenos Aires y cardenal de Argentina, y desde que llegó al sillón de Pedro le sumó esa alegría contagiosa que cautivó a los fieles de todo el mundo.
Fue un cambio sustancial que notaron sus compatriotas, que ya conocían su estilo austero, frontal y callejero que sorprendió al resto del planeta.
Quienes estudiaron su vida destacan que en Bergoglio confluyen dos factores claves, su formación como jesuita y su carácter político forjado en los años en que estuvo cerca del peronismo. Una combinación de conocimiento amplio y profundo, apertura a los cambios, capacidad de liderazgo y cintura política.
Como arzobispo, no dudó en cuestionar al poder para defender a los desprotegidos, los pobres y las víctimas de la trata, entre otros. Esto le valió años de distanciamiento con los gobiernos de Néstor Kirchner (2003-2007) y luego de su esposa y sucesora, Cristina Fernández. Discursos directos y un gesto cordial, aunque adusto.
En el Vaticano mantuvo la misma línea para impulsar un proceso de transformación profunda que aún debe superar la reticencia de los sectores más conservadores. También allí tiene sus detractores, quizás más poderosos que aquellos contra los que luchaba en Argentina. Pero avanza con una determinación que no mella esa sonrisa que lo iluminó desde su presentación en el balcón de San Pedro.
Aquellos primeros gestos de seguir usando sus gastados zapatos negros porteños, una cruz de plata y un viejo Renault-4 se mantuvieron a lo largo de su primer año de papado. Pero fue mucho más allá. Numerosos fieles de Italia y de Argentina reciben sus llamados y sus cartas para confortarlos en alguna dura prueba que atraviesan, dona considerables sumas para escuelas de parajes aislados, se traslada en Italia a los sitios donde desembarcan los inmigrantes ilegales que buscan una vida mejor, y no pone reparos en mostrar su cercanía con los llamados "curas villeros", a quienes asistió como arzobispo.