Cuando leo acerca de los justificados pedidos de aumentos que efectúan todas las CGT al gobierno nacional, como un buen jubilado resignado, pienso: ¿Cuándo se acordarán de nosotros, los pobres viejos? Al ver que un aumento de los asalariados puede ser similar al total que perciben muchos jubilados, ya no siento rabia. ¡No! Solo siento pena por todos mis hermanos pasivos. Duele comprobar a diario que hemos sido arrojados al contenedor de los desechos olvidados, por aquellos cuyos sindicatos se hicieron grandes con nuestros aportes durante muchísimo tiempo. En nuestro país, cuando una persona se jubila pasa a ser un carancho empiojado, desplumado y hambriento, entonces los sindicatos que crecieron a la sombra de esos abuelos, les sueltan las manos y quedan en el olvido. A los dirigentes gremiales les pido asuman nuestra defensa, ya que nadie lo hace. O acaso ellos no tienen padres o abuelos. Sé que no son de probeta, entonces en algún lugar de sus corazones deben guardar sentimientos que le inculcaron estos pobres viejos. Seguimos esperando nada más que un poco de atención, porque lo único que nos sobra es paciencia, pero por favor tengan en cuenta que no es demasiada.
































