El viernes este diario le dedicó las tres páginas de su sección Policiales al
doble homicidio cometido por Estanislao Repetto. En los otros medios la noticia ocupó también un
lugar preponderante, si no exclusivo. Pero en Rosario seguramente ocurrían al mismo tiempo otros
sucesos que, en un día normal, hubieran merecido la cobertura periodística.
La pregunta sería por qué la prensa y los lectores le concedieron tanta
atención. La respuesta inmediata podría invocar lo extraordinario del episodio, la magnitud de los
crímenes, la violenta inadecuación de los protagonistas respecto de las convenciones que rigen los
relatos del delito. Y sin embargo el interrogante no se agota con esas razones.
El discurso periodístico procede a veces de manera paradójica con este tipo de
crímenes. Destaca lo excepcional del caso —aunque también puede recordar antecedentes
similares en la historia criminal— y a la vez lo relata con fórmulas previamente
establecidas: es decir, constata su extrañeza y al mismo tiempo la desconoce. No ocurre sólo con
los crímenes; los sucesos de alto impacto en la sociedad suelen instalar expresiones y formas de
percepción que integran los hechos en series de sentido homogéneo.
Un ejemplo podría ser el asalto a la sucursal Ramallo del Banco Nación, en 1999,
que instaló a la toma de rehenes (como luego el secuestro extorsivo) en un lugar central del
imaginario sobre el delito. A partir de entonces, en los relatos periodísticos, las tomas de
rehenes se hicieron frecuentes. Pero no se trataba de un delito nuevo, sino de una forma de relatar
los hechos que asimilaba bajo un misma etiqueta episodios de distinta condición, desde efectivas
tomas de rehenes hasta sucesos que, en otras circunstancias, podían ser percibidos como asaltos
comunes.
Estanislao Repetto, se dice, era un muchacho cordial, afectuoso, sociable.
Seguramente esos testimonios son ciertos, ya que los afirman quienes lo conocieron; seguramente,
también, faltan algunos datos allí, ya que un crimen no puede ser sino la emergencia de un proceso
que se desarrollaba de modo más o menos inadvertido. Entonces, con los testimonios, surge el
asombro ante los crímenes.
Es el mismo asombro manifestado ante otros hechos que de vez en cuando conmueven
la rutina de la crónica: los asesinos parecen ser perturbadores porque hasta el momento en que
cometen sus actos desarrollaban vidas normales y nadie en su entorno tenía la menor sospecha. Ese
descubrimiento repetido borra la singularidad de la historia, y se asocia con otra explicación
recurrente: la psicosis.
De nuevo: seguramente sea cierto que una persona que comete crímenes en estas
circunstancias actuó en un brote psicótico, pero invocar ese diagnóstico debería servir para
comenzar el relato y no para cerrarlo con una etiqueta que, al fin de cuentas, resulta
tranquilizadora, porque nos desentiende por completo de lo que ocurrió y confina al criminal a un
lugar aislado, ajeno a la sociedad en la que vivió toda su vida.
El relato de los crímenes de Estanislao Repetto tiene datos escabrosos. La
indefensión y la falta de resistencia de las víctimas es quizá la más penosa. La apelación mística
y el gesto caníbal son siniestros, porque extrañan la idea misma de lo humano. En este escenario,
las crónicas se hacen o deberían hacerse para preguntarse por qué ocurren estos episodios, para
mantener abierta la pregunta cuando alguien intenta clausurarla con una respuesta vacía.