Con estupor hace un par de noches miro y escucho una publicidad de la más difundida marca de impresoras japonesas. La secuencia comienza con la imagen de una sala de trabajo (aparentemente de una importante empresa dada la cantidad de empleados que allí se observan). Varias personas están desarrollando sus actividades, algunos sentados a sus escritorios, algunos de pie. Entran en escena un señor adulto (que parece ser el dueño de la empresa) con su mano derecha al hombro de un niño (aparentemente su hijo), a quien anuncia frente a sus empleados como "el futuro de la compañía". Todos sonríen en sobreactuada actitud de sumisión mientras el señor pide a sus empleados que le cuenten al púber qué tareas están desarrollando. El primero de ellos (manipulando una máquina de fax) le dice que está enviando unos documentos. El segundo (al mando de una fotocopiadora) le cuenta que está fotocopiando algunos contratos y el tercero (frente a un scanner), indica que está escaneando una facturas y recibos. En ese momento se puede ver al niño llamando la atención de su padre, quien se inclina para escuchar al oído algo que aquél le susurra. La publicidad deja oír con muy bajo volumen las expresiones del niño a su padre: "Sólo debería quedar uno", le murmura. El padre, complacido, se reincorpora, sonríe y continuando ambos su caminata le dice que ya ha dado su primer paso importante en la empresa. Inmediatamente se enfoca la cara de uno de los empleados mencionados, quien le dice al resto "simpático el niño", en una expresión que comienza en sonrisa y termina en dos segundos en profunda preocupación, mientras va entendiendo de qué se trata. Si ésta es la cultura que estamos inventando y éste es el futuro de las empresas, estamos todos perdidos.

































