La desesperación es definida por el diccionario de la Real Academia, en su segunda acepción, como la “alteración extrema del ánimo causada por cólera, despecho o enojo”; y en la tercera, como la “persona o cosa que provoca esas emociones”. Acerca de las impresiones que me causa el último discurso de la presidenta en Lomas de Zamora, no sé si definirme por la primera o por la segunda; posiblemente ambas estén trágicamente entrelazadas. Personalmente pienso que la desesperación es producto del hostigamiento, y cuando este se generaliza, es cuando el referente llega sin duda a una situación desesperada. Los problemas que actualmente afronta la sociedad argentina son tan formidables, que trascienden las posibilidades de reacción de las autoridades constituidas en todos los niveles. A nivel nacional es una propuesta casi infantil llevar a los ineptos de la Cámpora a controlar los precios (¿controlar qué ? si a esos chicos hasta las hamburguesas se las debe comprar la mamá). Las autoridades provinciales han demostrado su inexistencia frente al delito; las municipales ni siquiera consiguen ordenar el tránsito. Nadie asume el costo político de liberar las calles de piquetes y manifestaciones para que los ciudadanos que tenemos “algo que hacer” transitemos libremente. Existen signos autoevidentes de descomposición en un gobierno nacional que padece una incontrastable anti-transparencia de la situación real en que vivimos. La inflación es inocultable hasta para ellos (los congelamientos y controles no son más que leyendas en las que nadie cree). La corrupción surge como hongos después de una romántica lluvia. La ineficacia dimensional de las ayudas sociales se manifiesta día a día en los piquetes y signos de rebeldía de la población carenciada, que es cada vez mayor; estas ayudas no alcanzan ni siquiera para disimular la miseria. La inseguridad lleva nuestra posibilidad de vida a tasas “bolivarianas”. El discurso de la desesperación, es el discurso del “no poder más”. La desesperación nos lleva a atacar sin medida para defendernos de un enemigo invisible, enemigo que en realidad no es otra cosa, que el error del sistema implementado, que el desborde de la inconsistencia que se pretende acallar con un ficticio relato. Pobre gobierno, pobres de nosotros, pobre presidenta; su desesperación nos está arrastrando cada vez más hacia el abismo.





































