Hace unos días los medios informaron sobre la intoxicación de una bebita con la leche de su madre, quien se encontraba contaminada por tóxicos ingeridos involuntariamente en su alimentación cotidiana. Un caso insólito debido al progreso, al crecimiento demográfico y a la gran competencia de productos alimenticios, mientras las autoridades nacionales, provinciales y municipales sólo están alerta a las recaudaciones aduaneras. Los elementos contaminantes surgen por doquier: el glifosato en primer término, el mayor de los contaminantes tóxicos, plaguicidas, bactericidas y muchos otros. Todos coadyuvan en producir enfermedades en toda la gama de especialidades médicas: náuseas, vómitos, mareos, problemas respiratorios, intestinales, cancerígenos, renales. Hoy los grandes pulpos de la industria alimenticia dominan el mundo cuyo fin es el desmedido lucro, saciar la acumulación de dinero y concentración de capital. Destruir bosques, ríos, suelos, como esas minas de oro que para su lavado utilizan agua corriente impregnada en tóxicos ultra venenosos. En este afán desmedido destruimos y olvidamos que lo creado por la naturaleza no se repone jamás. Estamos destruyendo todo lo que el planeta hizo al iniciar nuestra vida humana, animal y floral. La estamos quemando con tóxicos, con contaminantes químicos muy potentes y dañinos, envenenando el alimento primero del ser humano, la leche materna. Para distraernos nos engañan con la cumbre de Copenhague, Tokio u otras sedes donde la contaminación ambiental es del dos por ciento sin tener en cuenta que la radiación solar es mucho peor. Estamos destruyendo toda la vida de nuestro planeta que nos ha dado de todo; nos ha regalado recursos por doquier que debemos preservar en el presente para asegurar en el futuro que los que vengan puedan disfrutar de una más sana y feliz vida y que sus bebitos gocen de la leche materna sin contaminación.


































