Luego del acto eleccionario del 28 de octubre de 2007, consultado Alberto Fernández, sobre si el tono moderado de la presidenta electa sería la modalidad de su administración, respondió que “Cristina entiende el diálogo como una constante” y “conoce muy bien que las cosas se hacen por consenso”. Días atrás, minimizando el documento de la Iglesia que advertía sobre una posible división del país en “bandos irreconciliables”, Aníbal Fernández dijo que lo que existen son “posiciones irreconciliables”, lo que no significa que no pueda haber diálogo entre los distintos sectores. El diálogo no será tarea fácil. Es necesario desterrar los prejuicios, la soberbia, la testarudez, la suficiencia, la petulancia, el despecho, las gesticulaciones. No se debe confundir opuesto con enemigo ni defensa de opiniones con agresión. Escuchar para ser escuchado. No monopolizar la palabra: ella es la mitad de quien la pronuncia y mitad de quien la escucha. Es preciso un ambiente previo de confianza recíproca, y un objetivo compartido por todos: procurar el consenso. En este tipo de modalidades encontró su fundamento la democracia griega. Diálogo y consenso demandan tiempo y paciencia. Quizás por ello muchos optan por el camino más rápido de la imposición.




























