Hemos sido desolados espectadores del horror al que conduce tolerar que el fútbol (que debe ser un deporte de recreación, placer y diversión) se haya transformado en motivo de estrés beligerante, fogoneado por el fanatismo y por un negocio rentable, imposible de imaginar por su impunidad. Y también parece mentira que cualquier acto normal para prevenir catástrofes sea considerado “represión”. ¿Es represión hacer cumplir la ley? Pienso si esta tergiversación de valores no será consecuencia de justificar a los barrabravas, alimentándolos con prebendas monetarias. Resulta increíble que se haya dicho que “se admira a los jeques bravos que, de espaldas a la cancha y sin mirar el partido, alientan a sus obedientes guerreros, aptos para matar a palos, cascotazos o con lo que venga en la garra, a todo aquel que les moleste por no coincidir con sus cerebros reptilianos. Sí los más primitivos y sólo aptos para la ira. Parece que festejar, golpear, amenazar, enfrentar, destruir, atacar, incendiar, emborracharse y robar, son todos sinónimos según lo que ocurrió en la noche del domingo en el Obelisco. Estos “combatientes” consideran enemigos a los policías que arriesgan su integridad y su vida para aplacar y ordenar el caos que esos deleznables infrahumanos arman con deleite. ¿Son casi todos barrabravas resentidos porque no viajaron? ¿O solamente algunos lo son? Qué deshonra para la bandera argentina ser portada por estos agitadores que la usaron como arma o telón protector de sus desmanes.
































