La misión principal del Estado es la de procurar el mayor grado de bienestar, igualdad de posibilidades y desarrollo para todos los habitantes. En función de ello, el Estado debe asegurar el acceso a la educación y a la salud de toda la población. Salud no se limita sólo a la asistencia sanitaria, sino que implica también que ningún habitante debería padecer hambre ni vivir en condiciones indignas. Todas las acciones deben tender a lograr esos objetivos básicos, ya que si se aparta de ellos la existencia del Estado carece de sentido. El Estado debe desenvolverse con la máxima austeridad y no puede emplear medios ni recursos públicos en acciones de propaganda política. Cuando estaba en la facultad, nuestro profesor de sociología nos decía ¿no les llama la atención que la gente que no tiene para comer tenga sobre el rancho su antena de TV? "El alcohol y la distracción televisiva (como medios de evasión) son los ingredientes para mantener a los humildes sometidos". En los campos de concentración nazis, donde por supuesto cualquier tipo de diversión era impensable, se permitía a los prisioneros jugar al fútbol, porque eso servía (según consideraban los de la SS) como propaganda del buen estado y el "magnífico humor que reinaba en dichos campos". Somos los mayores quienes mostramos a los jóvenes su triste destino no sólo por estimularlos a tener objetos, sino lo más grave: que se resignen a "ser objetos". El verdadero problema es la adicción al entretenimiento diario, que desencadena en drogadicción. Vivimos en la sociedad del "espectáculo", basada en la comercialización de valores y cultura del menor esfuerzo y trabajo. Este mensaje muy simplificado revela el desprecio por la inteligencia y capacidad de poner el empeño necesario para comprender la complejidad de la vida y el progreso de la Nación. La ignorancia convierte al ser humano en dócil objeto de la manipulación.
































