El Centenario fue la apoteosis del orden conservador. Roque Sáenz Peña era presidente, la ley de residencia estaba en vigor y José Ingenieros estaba por publicar "El hombre mediocre". La Argentina aristocrática, orgullosa y petulante, defensora de la democracia restringida, los latifundios y el centralismo porteño, daba rienda suelta a su orgullo. Todo parecía bajo control. Los díscolos anarquistas y las movilizaciones obreras eran molidos a palos y el naciente radicalismo fue visualizado como la fuerza política ideal para aglutinar a los sectores medios que pugnaban por tener protagonismo en el escenario político. El esquema agroexportador era la columna vertebral del régimen y la dependencia con Gran Bretaña era festejada por la aristocracia. La reforma política que consagró el voto secreto, universal y obligatorio fue enarbolada por Sáenz Peña porque creyó que el radicalismo jamás llegaría al poder. Pero en 1916 asumió Hipólito Yrigoyen. La república elitista se conmovió. A partir de entonces y durante décadas se valió de las fuerzas armadas para evitar que el régimen conservador fuera reemplazado por un régimen basado en la distribución de la riqueza, la inclusión social y política, y la independencia internacional. La última dictadura militar intentó a sangre y fuego recrear la Argentina del Centenario. Su estrepitoso fracaso abrió las puertas a la democracia. Lamentablemente, durante los noventa se intentó, otra vez, satisfacer los intereses de la Argentina aristocrática. Recién a partir de mayo de 2003 el presidente Néstor Kirchner trató, con mucho esfuerzo y resultados parciales, hacer de la Argentina del Centenario una reliquia histórica. Con Cristina se afianzó el proceso de socialización y democratización del país, lo que provocó feroces oleadas de bronca conservadora que se tradujeron en paros salvajes, cortes de rutas y mensajes destituyentes. El Bicentenario, soñaron los nostálgicos de la Argentina aristocrática, debía ser el relanzamiento del proyecto de la Generación del Ochenta, simbolizado en la recuperación del majestuoso teatro Colón. Pero no contaron con la marea humana que inundó la 9 de Julio desde el Obelisco hasta Constitución, legitimando la marcha de los pueblos originarios y todos y cada uno de los actos que celebraron un Bicentenario muy diferente al de un siglo atrás, un Bicentenario que encontró a un importante sector del pueblo dispuesto a apoyar un proceso político, social, económico y cultural que pretende, nada más y nada menos, encerrar en el baúl de la historia a la Argentina para pocos.



































