Martes 15 de Agosto de 2017

Detrás de las ventanas estaban las tías, las viudas, las solteronas, las señoritas recatadas que salían poco. En aquellos años de ida, cuando era nuestra la cuadra para jugar a la pelota con esa cancha imaginaria, cruzada de lado a lado con arcos de árbol y pared, el problema eran esas ventanas.

   Detrás de los visillos (cortina de tela fina que se coloca en la parte interior de los cristales de balcones, puertas o ventanas para resguardar la habitación del sol o impedir la vista desde fuera) imaginábamos una confabulación para que pasase el policía que, en bicicleta (y?si?) a veces a caballo, hacía la ronda en el vecindario.

   El policía del barrio era siempre el mismo y en la comisaría las mismas caras por años. El comisario era invitado a las fiestas del club. Solucionaba pequeños problemas por una gallina distraída o el tumulto en el almacén por una balanza más distraída que las gallinas.

   Cuando Cátulo Castillo escribe "El botón que en el ancho de la noche puso el filo de la ronda, como un broche" menciona a esa ronda, que a la noche era con el pitido de un silbato que indicaba eso, la vigilancia que ese filoso silbo sostenía en paz, con la tranquilidad en la mitad (el ancho) de una guardia nocturna que los policías hacían en el barrio? cada noche. Por las dudas: texto del tango "Tinta Roja", de Cátulo Castillo y Sebastián Piana.

   De día la guardia era más tranquila, esporádica: aleatoria, como el "random" de la computadora. Excepto que alguien, tras los visillos, se sintiese agredida por el juego de pelota en la vereda.

   Los visillos, esas cortinas livianas, eran corridos y, sin quererlo mirábamos; hay un sentido particular en quienes están en las calles, el mismo de los pajaritos sueltos, que ante el menor movimiento aletean para subir a la tranquilidad del cielo sobre las azoteas.

   Nosotros sabíamos que estábamos vigilados y la inconciencia es esto: seguíamos jugando. Y la otra inconciencia (superior) es ignorar qué pasaba detrás de los visillos. A poco que se piense de la suma de esas dos inconciencias, de esas dos posibilidades del qué me importa, se nutren las desgracias.

   Por más que se piense en cuidarla de modo diferente la vida es asumir que somos inconcientes en ambas direcciones. Distraídos. Sin darle importancia al policía que solía confiscar la pelota de goma hasta la noche, cuando (a veces) la devolvía. Alejados del cristal de las ventanas desde donde se ve la vida fuera mientras dentro de aquella casa un drama crece, creció, dejó huellas. A la juventud primera no le importan las cortinas. El caminito de ida está lleno de inconciencias que no entienden de cortinas, viudas, solteronas, tías tristes y enfermos intranquilos.

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