Una joven de 21 años fue condenada a nueve años de prisión por haber asesinado de una puñalada a su novio, quien al parecer quería terminar con la relación. Para el juez de Sentencia José Luis Mascali la muerte de Nelson Dorales no fue un hecho accidental o fortuito como en algún momento dijo la imputada, Mariángeles Leguizamón, sino un homicidio simple comprobado a partir de diversos relatos y pruebas como la reconstrucción del hecho.
Oriundo de Fray Luis Beltrán, Dorales tenía 21 años cuando murió minutos antes del 30 de noviembre de 2011 en José Hernández 299 de Capitán Bermúdez. Allí vivía su novia Mariángeles con su hija de un año. La joven quedó detenida ese día y fue procesada meses después por el juez sanlorencino Eduardo Filocco.
Asimismo, dos meses atrás la Cámara Penal denegó un pedido de prisión domiciliaria para que la acusada pudiera criar a su pequeña hija.
Alcohol. “Yo lo mordí, le pegué pero no lo faquié”, fue lo primero que dijo la joven a los uniformados que la hallaron sollozando en la vereda junto al cadáver ensangrentado de Dorales. Nerviosa, dijo que tras una tarde profusa en alcohol habían discutido violentamente hasta que él se clavó en la yugular un cuchillo que ella llevaba entre los senos.
La inspección de la casa comprobó la versión de una reyerta conyugal a través de indicios como mobiliario y vajilla destruida en el piso. El desorden también podía verse en la habitación. Allí, contó la joven, Dorales había entrado para ponerse una remera —estaba en cueros— e irse de la casa pero ella tomó “una faca” que tenía debajo del colchón y le rompió la prenda en un intento por evitar que se fuera.
La siguiente escena, según ese relato, fue junto al portón que ella trabó con su pie cuando Nelson intentaba salir y en ese marco terminó apuñalado en el cuello.
Autora. Si bien Leguizamón atribuyó el hecho a un accidente en medio de ese forcejeo, para Mascali hay una serie de indicios que la inculpan como autora de la puñalada mortal. Una prueba fue la dirección de la herida, de arriba hacia abajo, que descartó que la cuchillada pueda haberse asestado en un forcejeo. “Es difícil de sostener —dice el fallo— que la acción se haya desarrollado de manera fortuita porque ella tenía el móvil para darle muerte a Dorales. Ella dijo varia veces que se puso histérica cuando se enteró de que él se iba y por eso, no hay otra forma de entenderlo, toma el cuchillo que tenía debajo del colchón de su cama con la finalidad de que no se fuera o de vengarse por su determinación”.
Mascali destacó la reconstrucción el hecho como la prueba más importante. “La inmediatez, los gestos y ademanes de quienes participaron definió la situación: así resulta altamente incriminante cuando afirma que «no sabe cómo agarró el cuchillo y se lo colocó otra vez entre los senos»; esa acción indica claramente la intención de usarlo ya que la imputada no estaba en situación de ser agredida. Al contrario, la víctima quería irse y ella no lo dejaba”.
Responsable. Tampoco admitió el juez la inimputabilidad por ebriedad que esgrimió en su momento la defensa. Es que un informe situó a la muchacha “orientada en tiempo y espacio” tres horas después del hecho, por lo cual “Leguizamón pudo haber tomado alcohol pero no lo suficiente como para sostener una inimputabilidad”.
En ese marco, el juez consideró que las pericias, pruebas, testimonios e incluso los dichos de la acusada “no dejan dudas de la autoría y responsabilidad penal” de Mariángeles. No obstante, al fundamentar la pena de nueve años el juez consideró algunos atenuantes como “su admisión parcial” del hecho, “que implica un principio de arrepentimiento” y “su falta de antecedentes”.