Para contrarrestar las noticias deprimentes sobre desórdenes en los geriátricos, maltratos a los ancianos, a gente con discapacidad, etcétera, quería contar que hace poco menos de un año concurro a una pileta climatizada donde realizo ejercicios por una cuestión de salud. Convergen allí grupos de lo más heterogéneos: jóvenes, jóvenes con discapacidad, los de mi edad (49) y los que ya entraron a la tercera edad. Cada día al llegar encuentro al grupo anterior en su fase final de la clase, haciendo elongación. Y ya dentro del agua esperando, observo cómo Marianela (la profe en común), se va acercando a cada uno para el estiramiento apropiado, oyendo de sus preocupaciones, sus dolencias, sus limitaciones. Entonces ella, desplegando su mejor sonrisa, les minimiza los pesares, los alienta, los felicita por el ejercicio logrado, recordándoles que los espera en la clase siguiente. Y aunque en esa próxima lleguen con más dificultad que la anterior, retornan contentos porque reciben una dosis extra de atención y de cariño. Y me quedo pensando...¡qué poco hace falta para hacerlos sentir bien! Que nos sirva a todos. Respetemos y veneremos a nuestros abuelos, se lo han ganado.


































