"Tiros, corridas, gritos de miedo, un cuatriciclo policial prendido fuego, patrulleros a toda marcha, efectivos corriendo con sus armas en la mano... Edificios rotos, comercios también... Pánico, llantos producto del temor y la inseguridad, enojo de los ajenos por la impotencia..." Reza la crónica de La Capital. Sentimientos que pasan a los hechos de la mano de chicos, pibes de 16, 17 o 18 años que dominados por la transgresión que les otorga la juventud fueron una muestra contundente de una sociedad en decadencia. "No, no puedo decirle a mi hijo que no vaya esta noche a los boliches, ¿qué querés que haga?" me dijo el padre de un canaya fanático, uno de esos cientos que con la inocencia del amor por la camiseta se pasó un día entero encerrado en su habitación, sin comer, sin comprender, después de que el equipo de fútbol del que es hincha se fuera a la B. De antemano se leen y escuchan hoy las opiniones que adelantan un nuevo frente de batalla. Nocturno, nada menos. Ya el domingo pasado y el lunes feriado se multiplicaron los hechos de violencia en cumpleaños y casamientos. "Si, le tiraron con una botella a uno que los cargó", reconoció otro padre, entre el asombro y la preocupación, pero sobre todo ante su propia impotencia. Ya está dicho, está escrito, está cantado: "Esos chicos son como bombas pequeñitas". Es que no hay nada nuevo: es de los adultos la responsabilidad de poner un límite efectivo y real ante el grito desesperado de estos adolescentes que transforman el dolor en espanto ante la mirada, apenas la mirada, de quienes tienen la obligación de protegerlos. Crónica de un final anunciado, dirán algunos si la situación se desmadra una vez más. ¿Hace falta seguir esperando?



































