Desde mi privilegiado puesto de observación (el comercio donde trabajo) de Buenos Aires y 27 de Febrero, contemplé con curiosidad en estos días la prolija creación de ciclovías en ambas manos del bulevar. Ignoro los estudios y las estadísticas sobre seguridad vial que seguramente se habrán consultado, pero me parece a contramano de la lógica que circulen simultáneamente autos a 60 kilómetros por hora y bicicletas a sólo siete. Da la sensación de que cualquier desacople de alguna de las partes terminará en tragedia. ¿No sería más lógico no permitir las bicis en las avenidas? Por otra parte, los semáforos están sincronizados para una velocidad que, pedaleando, sólo podrían alcanzar Juan Curuchet o el vasco Indurain. Al resto de los ciclistas sólo les queda detenerse en todas las cuadras ante cada luz roja o ignorarla. Y convengamos que lo habitual es que opten por lo segundo. También noté que, como era previsible, la ciclovía le viene de maravillas a los motociclistas porque les permite circular a gran velocidad sintiéndose seguros. ¿Qué no deben hacerlo? Claro que no, pero suena naif pedirle a quien conduce sin casco, ni patente, ni seguro, que respete lo que está hecho para otros. Coincido con la intención del gobierno de desalentar el uso del auto, pero no creo que se haya acertado con esta medida.































