Antes de que me olvide

Cacerolas

Sábado 29 de Julio de 2017

Eran tres, básicamente, las ollas en la vieja cocina familiar. La grande, de aluminio, donde se hervían los fideos o, los buenos días, el puchero. Esa historia del puchero y las ollas separadas es cierta, muy de cocina especializada pero cierta, pero si los padres trabajan el puchero es tarea del resto de los habitantes de la casa y la premura. Lo básico la sopa. El puchero de gallina, el de cola, el de falda. Los choclos. Las papas, la batata, los garbanzos. La cebolla y el apio. El coliflor. Todo cabe en un puchero que, en algún momento, Tuñón describió maravillosamente... "Salía desde la cocina y lo comíamos. Venía por un ventanuco. Era "el puchero misterioso" y preferíamos que siguiese así...

La ollita lechera hervía el litro de leche entregado a domicilio. La leche se hervía siempre. También hervía huevos para los huevos duros y un caldito de verduras si estábamos mal. Entibiaba la mamadera. Hervía todo. Hasta chupetes, pezoneras y mamaderas, aquellas de vidrio que se limpiaban con cepillo y jabón blanco justo: para después hervirlas.

Finalmente la cacerola de hierro forjado. La de los estofados. La olla negra por fuera y pesada. Cuando veo los precios de oferta (ja) de las actualizaciones de aquellas ollas de fierro pienso que lo mejor no se ha perdido. Las colorearon, le dieron un baño de modernidad y maquillaje pero allí están. La olla de fierro es la jefa espiritual de la cocina.

Algunos tenían la lechera, que tenía una tapa diferente, con agujeros para que, cuando la leche largase el hervor (así se decía) saliese la espuma por los agujeros (cinco agujeros) y no armase demasiado lío en la cocina.

Estoy seguro que había otras ollas, como que estaba la plancha bífera, donde entraban justo, justo, esas costeletas de carne bien roja, con laterales de grasa y ese hueso tan especial, el hueso de la costeleta. Nadie en sus cabales puede confundir el hueso de la costeleta con cualquier otra cosa del universo. Apenas pintada de aceite, cocinada velozmente, una costeleta y dos huevos fritos solucionaban la vida porque, convengamos, llegar a casa con hambre y que apareciese, tipo minuta y amor, porque eso no era cocina rápida, era minuta tipo fonda y amor casero, que apareciese la costeleta jugosa y los dos huevos fritos y el pan para desarmar el paisaje de yema y clara coagulada. Eran el cierre del día, el antro materno, la cueva, el refugio contra los leones y la intemperie y eso: la vida.

En la cocina que describo los huevos fritos eran la pintura de una sartén única, negrísima por fuera y brillante por dentro, donde los huevos fritos, puestos de modo sabio, resolvían la pinacoteca de la cocina y los sabores. Sabrán disculpar el sectarismo. Quien no tiene ése olor, ése dibujo, esa pinturita y esa comida en el ayer es dueño de un presente que no envidio para nada. Mi mas sentido pésame.

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