Helena Rode, en su carta del jueves 27 de mayo "Democracia y boda gay", se opone a la aprobación de la ley de matrimonio homosexual con adopción fundando su postura en dos puntos esenciales : 1º) la invocación de Dios como fuente de toda razón y justicia en la Constitución y 2º) el respeto por las preferencias de padres (hetero y homosexuales) del niño a ser adoptado. Con respecto al primer punto, Helena debería recordar que nuestros funcionarios cuando asumen pueden jurar con libertad respecto de los Evangelios (por la Patria o por la Patria y los santos evangelios). Además, aun teniendo en cuenta las sagradas escrituras, las mismas consagran el matrimonio con carácter de sacramento, es decir, de por vida; pero en su momento en nuestro país ya se obvió este carácter cuando se sancionó la ley de divorcio que se opone concretamente al matrimonio como vínculo indisoluble, tal como lo establece la religión de acuerdo a los evangelios: "Hasta que la muerte los separe" y que "no separe el hombre lo que Dios ha unido". Con respecto al respeto por las preferencias de los niños, le preguntaría a Helena cuántos niños son consultados ante el divorcio o separación de sus padres y si están de acuerdo con esa determinación. Y de ser consultados, cuántas veces se les hace caso o si más bien, lo más común es que sus padres se separen y traten de hacerles entender que "eso es lo mejor para todos y por eso toman la decisión de vivir separados". Ambos argumentos esgrimidos por Helena Rode, a mi entender, son improcedentes; el primero por no ajustarse a la realidad y el segundo me parece aún más artificioso, porque en realidad si los niños fueran tan tenidos en cuenta en todas sus elecciones y preferencias no estarían enfrentando los graves problemas de desprotección, maltrato, olvido y situación de abandono que padecen miles de niños en nuestro país y en el mundo.



































