No pocos ciudadanos votan a políticos de conocidas conductas corruptas. No por compartir esa perversidad, sino porque desconocen que se trata de delitos, o creen que los robos solo afectan a otros y no a ellos. Sucede que actúan como ciudadanos solamente cuando votan, fuera de ese acto sus vidas transcurren al margen de la política, dedicados a sus precarias subsistencias, trabajando sin robar. Hacerles comprender que cuando el funcionario público roba, le roba a él y degrada su calidad de vida, debería ser responsabilidad de los políticos -aparentes censores de la corrupción por sus predicas diarias- con perseverantes mensajes clarificadores. Pero no, para ellos solo es relevante argumentar sus razones dogmáticas en defensa de la confiscación de una empresa -socia de los gobernantes en la corrupción- realizada con un nacionalismo oportunista, por los mismos que han dado acabadas muestras de sus actos delictivos y violación del orden jurídico. Nunca faltan idiotas útiles, funcionales a los intereses de políticos proclives al autoritarismo y la corrupción.


































