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"Atypica fue una revista caprichosa"

La publicación comenzó a salir en 2003 y se mantuvo durante casi diez años. Buscó marcar tendencia en diseño y en ella confluyeron artistas, diseñadores, periodistas y fotógrafos por entonces emergentes.

Sábado 19 de Agosto de 2017

Cuando Guillermina Ygelman se refiere a la revista Atypica a veces habla en pasado y otras, en presente. Con 42 ediciones publicadas durante casi diez años, la revista tuvo su ritual de despedida. La invitación sorprendió a más de uno, un velorio, que hasta incluyó un testamento (ver abajo), sacó del limbo al proyecto que marcó un momento en cuanto a las publicaciones en la ciudad.

   Surgida en 2003, la revista reunió a artistas, diseñadores, periodistas, fotógrafos, modelos no convencionales, marcas de indumentaria y se convirtió en referente hasta el 2012 cuando dejó de aparecer. Desde entonces, permaneció en una suerte de limbo hasta que hace un par de semanas sus mentores idearon su despedida: la velaron y sepultaron.

   La cita fue en Gran Reactor, en Moreno 477, donde las revistas permanecerán expuestas hasta el sábado próximo. Allí se pueden volver a recorrer las pequeñas, de formatos variados, y las otras, que hasta llegaron a un encuentro internacional de revistas que se realizó en Luxemburgo y que le abrió las puertas a la distribución internacional.

   Ygelman fue una de sus fundadores y, sin dudas, su impulsora. Se adueñó de ella y contagió su entusiasmo a más de uno. Hoy ella se presenta como productora cultural, ya no está al frente de su estudio de diseño, trabaja para una importante empresa deportiva de la ciudad y aceptó repasar, junto a Cultura y Libros, aquellos años atypicos.

   "Atypica empezó en noviembre de 2003, la presentación de la revista fue en el Museo Castagnino, con una muestra de Benito Laren", recuerda Guillermina.

  —Suena un poco extraño arrancar con una revista casi a fin de año...

   —Sí, ¿no? En realidad fue calentura de hacer algo antes de que terminara el año. Teníamos esta idea con Pablo Taverna. En Rosario no había ninguna revista de ese estilo y decidimos empezar con Pablo Montini como editor. Después sumamos otros nombres, Román Vitali, Laura Glusman, que eran artistas emergentes de esa época. Así decidimos con algunos auspiciantes armar ese delirio, que era esa pequeña edición, gratuita, que se distribuía en bares, eventos, museos, centros culturales. Salíamos a repartirlas con un changuito del súper. Eran, en ese momento, las ganas de contar y mostrar las cosas que nos gustaban, sólo eso.


   —¿Y qué lograron de eso, fuiste la que más tiempo estuvo en la revista?

   —Sí, Taverna se fue, tenía otros proyectos relacionados con la arquitectura, se fue en la número 7. Debatíamos si cerrarla o no y yo tenía ganas de continuar. Se acercó gente a colaborar porque le gustaba el proyecto y después del número 13, cuando se suma Andrés Conti como editor, que venía de otro palo, más del periodismo, le buscamos otra vuelta, Siempre nos interesó contar lo que veíamos, trabajar con emergentes, artistas, escritores, periodistas, fotógrafos. Siempre sentí que yo era la que me hacía cargo de la revista, eso era así, pero era como una gran cooperativa, no había nada para repartir pero bueno.... todos opinábamos, todos trabajábamos.


   — ¿Nunca dio para repartir?

   —No, nunca, en realidad daba para pagar la imprenta, pero no para pagar sueldos, oficina. Cada tanto, había un resto como para un asado que de vez en cuando hacíamos (risas).


   —¿Qué recordás como un desafío? La revista hizo producciones de moda, algo sobre lo que no había mucha experiencia pero sí prejuicios...

   —Y sí, aparecieron las producciones de moda porque teníamos como auspiciantes a marcas de ropa. Entonces la cosa era cómo mostrar eso. La idea fue contarla de manera distinta, no eran modelos de agencia sino gente de la calle, en distintas situaciones. Tratábamos de ligar los contenidos a lo cotidiano, lo cercano. Lo de las producciones de moda era muy divertido.


   —Eso fue un desafío pero hubo más...

   —Bueno, sí, cuando pasó de pequeño formato a otro tipo. En realidad ,ese fue un gran desafío: cuando empezó a salir la idea era que cambiara de formato en cada edición. Al principio algunas eran verticales, otras horizontales, Después, cuando nos agrandamos un poco más, pasó a tener lomo, en vez de gancho, de fanzine a una revista un poco más grande. Eso se dio a partir de la número 19. Y después el golpe más fuerte fue cuando me entero de un congreso de revistas de tendencia en Luxemburgo en 2007 y fui, todo muy a pulmón, y eso nos puso en relación con una revista española muy importante: Rojo, que tenía referentes en más de 100 países, y fuimos parte de esa movida. Eso nos obligó a poner un precio de tapa, no por el valor, sino por una cuestión de distribución. Creo que ese fue un desafío o decisión muy importante.


   —¿Por qué llegó el final?

   —Y... sacamos 42 ediciones. El final se dio porque nos aburrimos, teníamos los spónsores pero nos faltaban las ganas, no le encontrábamos el sentido, como dice Atypica en el testamento. El tema del papel en una revista de tendencia, que eso era, es como que ya no se sostenía, ya no era tendencia, no era novedad. Nunca lo vimos como un proyecto fuera del papel. Iba a perder el encanto del papel, que era lo que nos enamoraba.


   —¿Y el nombre de Atypica de dónde vino?

   —De hacernos los raros (risas), lo que me acuerdo es que la primera letra que pensamos fue una Y porque como empezaba internet no la íbamos a poder registrar con la i con acento, con tilde, por eso fue el juego de la Y dada vuelta, lo pensamos así con Pablo Taverna. Atypica era totalmente caprichosa, todo era caprichoso. Creo que la mayoría de las cosas que surgen espontáneamente, y que generan cierta inquietud en el resto, tienen que ver más con lo aleatorio; no había muchas reglas.


   —¿Vos crees que Atypica fue representativa de algo, de un momento?

   —Yo no lo creo, pero es lo que me dicen. Es como que mostramos algo que acá no se veía. Igual, hoy hablás con cualquier chico de veinte años, inclusive de treinta, y no tienen ni idea de Atypica, no saben qué es. Es que si fue representativa, lo fue de un momento y de un grupo de gente. Ahora nos invitaron a formar parte de una colección de revistas de diseño en Buenos Aires. Creo que cualquier cosa que perdure un poco en el tiempo va a representar algo y una revista que haya durado casi 10 años, y con 42 ediciones, es lo más llamativo. Lo más interesante fue esa cuestión de comunidad que se armó, eso se vio en el velorio, algo marcó.

El testamento

Mi nombre es Atypica y fui una revista de papel de Rosario que nació en 2003 y murió en 2012 (...). Tuve mis momentos de gloria, fiestas varias de lanzamiento —incluso una noche de verano en el barco Ciudad de Rosario—, un escenario del Festival Trimarchi, muchos canjes de ropa y hasta festejé mis 15 en Castel Novo.Al final no se sabía bien quién era yo: algunos decían que era una revista de tendencias, otros de filosofía barata y unos pocos decían que era fashion. "No distingo la diferencia entre los avisos publicitarios y las notas", se quejaban los periodistas que la leían, y la vieja escuela del diseño gráfico me acusaba de ser cocoliche. La reacción más común era "¿no entiendo qué es?.Qué se yo, había de todo: chivos bien escritos, recomendaciones interesantes, artículos piolas, ilustradores, artistas y diseñadores geniales que con el tiempo se hicieron famosos. También hubo chivos mal escritos, recomendaciones espantosas, artículos terribles o ilustradores, artistas y diseñadores geniales que alcanzaron su pico de fama en mis páginas. A todos los quise, a todos les debo algo, todos fueron importantes en mi vida (...).

   En fin, este es mi testamento, y los convoco para que se enteren.

   Les dejo 42 ediciones hermosas, cada una con una consigna distinta, nunca respetada del todo.

   Fue muy divertido. Mátense entre ustedes para dividir la herencia.

(Fragmento)

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