Nos estamos encerrando en palabrería preelectoral caliente e imprevisible. Hugo Moyano, (¿Dios o demonio?) jefe de la CGT y del peronismo bonaerense dijo meses atrás con extrema virulencia que si el kirchnerismo pierde la próxima elección el país se tornará ingobernable y que él junto a su descendencia y "muchachos" va a impedir tal desenlace. Días atrás ratificó que quiere llegar al poder. Nadie puso freno a sus manifestaciones, ¿o es que no hay nadie por encima de él? Bueno, tampoco hay un freno para Luis D'Elía, Hebe de Bonafini o el secretario de Comercio Interior. Nuestra presidenta resalta los logros de su gestión pero se olvida de mencionar que ellos son mayormente posibles gracias al dinero ingresado al país por la exportación sojera, la necesidad alimentaria de países en desarrollo y la apropiación de 147 millones de pesos pertenecientes a los jubilados, retornables al 5 por ciento anual. O sea que no todos los logros se deben a milagros económicos de su modelo. La señora Fernández minimiza lo anterior a ella, califica a los adversarios como enemigos públicos, hace uso del veto presidencial con ligereza extrema. Le reconozco mucha razón respecto a los políticos opositores que han desaparecido en acción: sólo asistimos a enroques, coaliciones, promesas, uniones temporarias, internas irreconciliables, todo lo que informan es nebulosa pero en concreto ningún plan digerible. Como dice el inmortal Discépolo: "Qué atropello a la razón". Nunca como ahora fue tan cierta la letra de Cambalache.

































