Al ver las valijas con plata sucia que iban a manos más sucias vino a mi memoria el sacrificio de mi abuelo de caminar más de 120 cuadras de ida y vuelta para llegar a Maskiker, donde trabajaba. Sentí mucho dolor de pensar que ese sacrificio de todos los días, y por muchos años porque no le alcanzaba lo que ganaba, no sirvió de nada. Así como se sacrificó mi abuelo Aniceto lo habrán hecho muchos abuelos más para engrandecer esta hermosa Argentina, porque ese era el sueño de todos los inmigrantes. Y a estos abuelos se sumaron nuestros viejos con mucho sacrificio para seguir engrandeciendo esta tierra. Y sentí asco, mucho asco por la ambición de estos ladrones corruptos que se llevan nuestros sueños, y que se pasaron vaya uno a saber por dónde nuestras ilusiones. Veía en cada fajo a niños muriendo de hambre, gente sin cloacas, sin agua. Siento dolor de que nada importó, que los sueños de los demás no tenían importancia y la ambición los llevó a perderse de tal forma que perdieron la orientación de lo que es la honestidad. Mi abuelo Aniceto murió pobre pero su apellido no se manchó jamás porque sus manos no tocaron nunca dinero mal habido. ¿Podrá esta gente que nos robó nuestros sueños descansar? Pobres de ellos si pierden la paz.



































