Entre tantas otras cosas, el surrealismo nos enseñó a amar el amor.
Eran los últimos años de la dictadura o los primeros de la aún frágil democracia y los bares
eran nidos de militantes, músicos, poetas, actores, estudiantes, cinéfilos, psicólogos, hippies y
delirantes de toda índole, calibre, pelaje, tamaño y forma.
En ese clima fértil, en ese prolífico caldero donde convivían peronistas, comunistas,
trotskistas, guevaristas, anarquistas, socialistas, intransigentes, radicales y ecologistas, la
polémica era el caldo de cultivo y al mismo tiempo la semilla de la acción concreta.
Hablábamos mucho, creíamos mucho, pensábamos menos, amábamos más.
Andábamos libres, con la noche como país, la música como hermana y la poesía siempre cerca de
la boca.
La palabra revolución se pronunciaba miles de veces por día.
Y los surrealistas nos daban lecciones de irreverencia, autenticidad y belleza. No tanto
André Breton, siempre visto como un frío manipulador que se exilió cobardemente durante la
Segunda Guerra Mundial, sino Paul Eluard y Antonin Artaud.
Gracias a las traducciones de Aldo Pellegrini y Raúl Gustavo Aguirre nos hicimos amigos de
todos ellos, que nos abrigaron, nos alimentaron, nos iluminaron.
En ese inolvidable grupo había un poeta que pocos conocían y cuya incandescencia me incendió
para siempre.
Se llamaba Robert Desnos.
Desnos vivió apenas 45 años. Murió en un campo de concentración nazi.
Había peleado en la Resistencia. Fue uno de los surrealistas más talentosos. Brillaba en
las sesiones de hipnosis y escritura automática.
Su amor por Youki dio pie a algunos de los más bellos poemas escritos en el siglo veinte.
Ahí va uno de la serie “A la misteriosa”, incluido en “Cuerpos y
bienes”.



























