No uso muy seguido el transporte público de la ciudad y quizás por eso carezco del entrenamiento necesario para soportar algunas de las arbitrariedades a las que son sometidos a diario los usuarios. Dicho esto, el sábado 15 de noviembre a las 10,59 abordé en Callao y San Luis un interno de la línea 145 que, siendo conducido a alta velocidad, con frenadas y maniobras bruscas, se abría paso por el centro de la ciudad a punta de bocina. Cuando llegamos a San Luis y Entre Ríos, el chofer hizo subir por la puerta trasera a un pasajero en silla de ruedas que no tenía piernas. Le ayudamos a subir la silla y antes de que el joven pudiera sentarse, ya estaba corriendo su enloquecida carrera por la ciudad, recibiendo de parte de los pasajeros los gritos desesperados: "Pará, esperá que se siente". Yo bajé una cuadra después así que desconozco las alternativas que siguieron más adelante, pero no hay derecho a que los usuarios tengan que ser sometidos a tamaño estrés sin que nadie de los que debieran controlar, lo registre.































