Quiero comenzar diciendo, que en este artículo, seré absolutamente personal y para nada objetivo. Por empezar, amo la poesía de mi ciudad, y por razones familiares la amo desde muy joven.

Quiero comenzar diciendo, que en este artículo, seré absolutamente personal y para nada objetivo. Por empezar, amo la poesía de mi ciudad, y por razones familiares la amo desde muy joven.
¿Cuando empecé a escribir? Hacia 1964, cuando la turbulencia de la vida política argentina, y mi particular obsesión por la Guerra Civil Española, sobretodo el masivo exilio de los poetas españoles enemigos del franquismo, el fusilamiento de García Lorca, la muerte de Miguel Hernández ya terminada la guerra civil; pensaba que escribir en ese momento en particular necesitaba del compromiso del escritor y de los intelectuales en general.
Comencé a escribir a mano y en cuadernos que en algún lado conservo. Hace poco, le regalé a un amigo, Andrés Anatelli, el dueño de Argonautas, uno de los primeros cuadernos. Fue por esos años que a través de mi abuelo Vila Ortiz me puse en contacto con Irma Peirano. Entre otros consejos, mi abuelo le había dado copia de mis poemas. Irma, a quien yo admiraba, me dijo que dejara de escribir a mano y que lo hiciese a máquina, iba a ser completamente distinto (y lo fue), que pensara que era un poema editado, con la máquina podría tener esa ilusión. No la llegué a conocer, esos extraños caminos por los cuales andamos, por voluntad propia o por voluntad de Dios. Al tiempo me tocó escribir, ya trabajando en La Capital, la necrológica de Irma, que había muerto en Buenos Aires.
Fue en 1961 cuando publiqué mi primer libro de poemas. Fue diagramado por Jorge Vila Ortiz, y comencé allí una costumbre que me ha perseguido a través de los años; guardé los libros en cajones y los fui dando a la gente que quería. Fue un amigo, que debe estar aún viviendo en París, quien lo difundió y lo hizo comentar en diarios y revistas de Buenos Aires. Puedo decir que me siento orgulloso del comentario que me hizo Juan José Ceselli en la revista Davar, de la nota de Horacio Salas en la Gaceta de Tucumán, de Enrique Azcoaga en El Mundo.
Por ese entonces ya traté de conocer todo lo que podía sobre la poesía de Rosario. Y si ahora me pongo a hacer estas meditaciones y no sé si el término meditación es correcto, es por dos libros, dos antologías en realidad. Una la conozco muy bien, y la otra de poetas jóvenes, aunque confieso abrumado que no conozco a ninguno de los poetas antologados.
Aclaremos de qué se trata. Uno de esos libros mereció un excelente comentario en el suplemento Señales, de este diario que dirige con especial talento y cariño Osvaldo Aguirre. El otro libro es una antología de los poetas de la Década del 60, creo no equivocarme si digo que con alguna curiosa excepción, a todos los que figuran les publiqué poemas o los comenté en los años en que mi actividad como periodista era comentar libros, y al mismo tiempo, hablar de jazz. Esos años, tuvieron para mí, un significado de felicidad muy particular. Casi diría que el placer que representa hablar de otros poetas es tan grande como publicar los de uno.
Mi segundo libro apareció en 1965 editado en Colmegna en la colección Alto Aire. Queda el nombre que le habíamos puesto a la revista de la cual sale un solo número, Juan Manuel Inchauspe muerto demasiado joven, Luis María Castellanos, cuyo solo nombre hace nacer la polémica, y quien escribe estas líneas.
En 1967 aparece mi tercer libro. Si soy tan preciso en las fechas es porque de esta antología sobre la década del sesenta, los únicos que somos parte de la generación del 60, somos los más viejos, yo entre ellos.
Simplemente pienso en una serie de autores cuya obra no conozco y que me he puesto a buscar en sus libros, tal vez, porque todos ellos son muy jóvenes y yo soy muy viejo. De los otros, podría hablar largo y tendido, en especial de algunos de ellos, pues como dije, a todos les publiqué poemas o les comenté libros y podría contar de qué manera los fui conociendo. Con algunos, como el caso de Rafael Ielpi y de Eduardo D’Anna, tengo una particular deuda de gratitud, pero la verdad es que tendría que hablar de todos ellos.
Pero debo referirme al prólogo del cual nace este artículo, si es que una conversación con un amigo, en realidad con varios, puede designarse como prólogo.
Apenas enterado de la aparición de esta antología, cuya tapa el lector podrá ver en estas páginas, me fui, con una contradicción al no salir por mi estado de salud, a buscar el libro a HomoSapiens. Allí me enteré que el libro todavía no estaba terminado, pero si estaba confirmada la presentación, como lo dice el afiche, el día miércoles 18 de diciembre a las 19.30 horas, en el centro cultural que ahora lleva el nombre del Negro Fontanarrosa. Con el Bigote Acosta y Héctor Berenguer estaremos siempre en deuda por el trabajo de preparar esta antología. Y por cierto, a HomoSapiens por editarla.
Hacía años, y no exagero, que no iba por esa librería; no debo justificarme demasiado en lo que respecta a los últimos seis meses, pues prácticamente no he tenido contacto con gente que quiero mucho, como los dueños de Argonauta, del Juguete Rabioso, de Mandrake, del Pez Volador y de otras librerías a las cuales visitaba con frecuencia. Me quedé con mi mujer, tomando y comiendo algo en el bar que tiene en la entrada HomoSapiens. Descubrí que han logrado que el bar no sea solo para los compradores de libros, sino para quienes se sientan en las mesas rodeados por ese paisaje que tanto amo de las enormes estanterías abarrotadas de volúmenes.




Por Carina Bazzoni