Normalmente envío a La Capital cartas sobre política. En esta oportunidad hago un paréntesis para escribir en solidaridad con el hincha de Rosario Central, devastado por lo que aconteció el pasado domingo en el Gigante de Arroyito. Lo hago porque soy hincha de un gran club (al igual que Central) que sufrió el descenso en los ochenta (al igual que Central), que habiéndose consagrado campeón intercontinental en 1967 desapareció como entidad civil sin fines de lucro tres décadas más tarde. Lo hago porque soy hincha de un gran club saqueado por dirigentes corruptos y venales, que no les importó ultrajar lo más glorioso, lo único que lo mantuvo en pie durante su largo proceso de degradación: el sentimiento de su gente, su apoyo inclaudicable, cristalino, puro e incorruptible. Me solidarizo con el hincha de Central porque sé perfectamente por lo que está pasando en este momento. Me solidarizo con el hincha de Central porque soy perfectamente consciente de su frustración, de su bronca, de su impotencia, de su dolor. Me solidarizo con el hincha de Central porque sé lo que significa que dirigencias inescrupulosas se mofen de él, que los "primos" se burlen en su cara por el desmoronamiento inexorable del equipo de sus amores, entonando el hiriente "¡ya se van, se van para la B, se van...!". Es por ello que me atrevo a sugerirle al hincha de Central que no baje los brazos, porque si lo hace les estará sirviendo el triunfo en bandeja a esos dirigentes en quienes confió pero que jamás lo tuvieron en cuenta, que usaron al club en beneficio propio, que creyeron que dirigir a Central era algo baladí. Lo que constituiría, me parece, un agravio intolerable a la justicia.



































