Estimado padre Angel Martínez Sagasti, de la Obra del Opus Dei: Con su partida a Ciudad del Este, en Paraguay, la ciudad de Rosario y su región pierde (de algún modo) un líder espiritual, un guía inestimable. Me veo en la obligación moral de reparar, al menos un poco, con esta carta, mi ingratitud, mi indiferencia contagiada por este mundo de fantasías y de vanos esfuerzos en el que andamos y en el que a menudo apenas si sobrevivimos. Sinceramente lamento mucho no haber dado continuidad a esos ricos y necesarios diálogos sobre la crisis de fe, sobre el sentido de la vida y sobre el fin de los tiempos (entendido como un cambio de paradigma), que parecen tan próximos. Creo que por gracia de Dios nos hemos podido despedir y mantener un diálogo extenso, hace pocas horas, por el que he podido comprender algunas cosas que me animan a perseverar en la búsqueda y el encuentro de la Verdad. Este último encuentro (aun cuando en realidad espero que no sea el último) no ha sido en vano. He visto en usted, estimado padre Angel, a una buena persona, un buen sacerdote, un hombre comprometido con Dios y, por lo tanto, con el destino humano. En este mundo de vanas ideas y absurdos comportamientos, esto no es poco. Diría que es casi todo. Pero al ver esto y al reflexionar sobre su persona, he comenzado a ver también gente buena, a veces sufriente, a veces entregada sinceramente a Dios y a los hombres, en todas partes. Y he advertido que en ellos, en sus corazones, se refleja ese Jesucristo que en ocasiones buscamos en los lugares donde jamás será encontrado. Estimado padre Angel Martínez Sagasti, le deseo lo mejor en su nuevo destino; le agradezco sus permanentes oraciones por mí y le pido a Jesucristo (de quien doy testimonio ahora y siempre públicamente) que lo guíe, y lo proteja siempre ¡Gracias por todo!

































