¿Por qué los que no podemos hacer bien ni un bife a la plancha nos pasamos horas frente al televisor mirando el canal Gourmet? ¿Por qué si ya sabemos que ni remotamente vamos a preparar ese postre que enseñan en la tele seguimos fascinados cada paso de la receta? La respuesta es fresca y cruda como un rabanito es una mezcla de admiración y envidia. Admiramos algo tan simple como la velocidad con la que los chefs pican la verdura, sacan la pasta a punto y al mismo tiempo baten la crema para el postre. Nos proyectamos ahí –nosotros que abrimos mil veces el horno porque nunca estamos seguros– hablando cancheros ante la cámara mientras la carne se cocina perfectamente, y después soñamos despiertos con que decimos –con la misma onda que los chefs– “qué aroma”, y nos imaginamos a todos nuestros amigos aplaudiendo nuestro plato. Al igual que una telenovela o cualquier tira de ficción, los programas de cocina funcionan porque también venden una fantasía: la ilusión de que todo siempre sale bien (nada se quema, ni se corta ni se derrama), de que las cocinas están impecables y equipadas con vajilla cool y tecnología último modelo o que podés cocinar al aire libre (en medio del desierto o de un río, al mejor estilo Francis Mallmann) sin que el viento te apague el fuego o te ataque una horda de mosquitos.






















