Ha fallecido Guillermo Colussi. Quienes fuimos sus amigos tuvimos el privilegio de compartir su aguda inteligencia acompañada siempre por una piadosa ironía. Guillermo era, por sobre todas las cosas, un buen tipo. Un tipo noble, un leal amigo, que ignoraba las exaltaciones y los improperios, porque lo suyo era la sutileza y el amable sarcasmo. Especialista en filosofía alemana, a la que leía en su lengua, tradujo y enseñó sus mejores textos —los clásicos, los canónicos— en las aulas de profesorados de esta ciudad y en la Escuela de Filosofía de la Facultad de Humanidades y Artes. Lo suyo no era conservadurismo intelectual: era respeto y amor por los fundamentos. Sospechaba de la crítica posmoderna a la filosofía clásica, pero más sospechaba de la transmisión de esa crítica en las aulas a grupos de alumnos que no habían leído a Kant o a Hegel. "Empiezan por Deleuze o Foucault" —nos decía— "ignorando aquello a lo que se critica". Cuando joven escribió poesía —práctica que luego abandonó, quizás comprendiendo que lo suyo pasaba por otros lugares— y fundó junto a Jorge Isaías y Alejandro Pidello una revista mítica, "La Cachimba", a la que la crítica y la historia literaria suelen asociar con otra célebre revista rosarina de la época, "El lagrimal trifurca". Sin duda que ése fue el momento de mayor celebridad de Guillermo Colussi. Posteriormente realizó estudios de posgrado en Europa, y luego regresó al país para dedicarse a la docencia. Fue, así, un profesor de filosofía. Título que puede decir poco o mucho, según cómo se lo interprete. Porque un profesor de filosofía no es un filósofo, pero es alguien que enseña el pensamiento de los filósofos. Y la enseñanza, es sabido, tiene más de arte que de ciencia: hay que ser creativo para desmontar ese pensamiento, exhumar sus raíces, reconocer sus vínculos con otros pensamientos, interpretar sus sentidos, inventar estrategias de transmisión y de abordaje por parte de los alumnos. Y en eso, Guillermo era un maestro. Vaya pues, nuestro recuerdo a modo de homenaje, para honrar a un amigo que nos dejó el mejor de los legados: su probidad, su bondad, su honradez, y su entereza.
































