Hace unos días leí en este mismo espacio una carta en la cual explicaba una señora (muy conmovida) el dolor que le había causado en un viaje a muchos kilómetros de aquí ver niños muy pobres, descalzos, vendiendo piedras que se recogían gratuitamente en el lugar. En ese lugar había niños, cuenta la señora, muy mal vestidos y con mucha tristeza. Se preguntó, ¿cómo podía ser esa miseria? Yo, extrañada, le preguntaría a la señora que se le cayeron lágrimas por este episodio si tuvo que viajar a tantos kilómetros de nuestra ciudad para ver niños pobres, menores, demasiado menores, descalzos, hambrientos. Le diría que si va por el centro de nuestra ciudad está lleno de esos niños. y con hambre, desalineados. Y si se corre a las avenidas también los verá, en los semáforos, en las puertas de las iglesias, de los supermercados, hospitales, cementerios. ¡Cuánto hambre, miseria y abandono también tienen estos niños! Son iguales a aquellos que vieron tan lejos, y quizás con más hambre y más necesidades, pero se mira a un costado. Nadie mira, nadie interviene, nadie los ayuda. Entonces yo me pregunto el porqué de esa indiferencia, el porqué de no involucrarnos y defenderlos de este perverso sistema que los esta llevando a la droga, al robo, a la prostitución. ¿Por qué no salimos a defenderlos de esta miseria que no les brinda nada más que tristeza? Creo que no debemos ser indiferentes, ya que mañana nuestros hijos y nietos caminarán con estos niños que no tienen más medios, ni otro conocimiento, que no sea robarles o matarlos.



































