Entre Ríos empezó a vacunar de manera eficiente sus ganados contra fiebre aftosa recién en 1988. La meta propuesta por el Estado provincial y los productores enrolados en las entidades gremiales era dotar a la hacienda de una calidad sanitaria tal que permitiera ser comercializada al mejor precio en el mundo.
Sólo 11 años después la meta estaba muy cerca, casi al alcance de la mano. Tanto así que todo el país, el gobierno nacional y organizaciones de ganaderos habían copiado lo hecho en la provincia: trabajo conjunto de los sectores público y privado e inoculación del 100% del rodeo dos veces al año. Sin mentiras, ni dobleces.
El que se negaba a sanear su tropa se debía enfrentar a la Gendarmería, que le hacía lo que se solía llamar una vacunación compulsiva. Pero, como indica el refrán popular, el diablo metió la cola y todo ese esfuerzo resultó vano.
El principio del fin se desencadenó en abril de 1999 por decisión política del entonces presidente Carlos Menem, según una investigación del diario Uno de Paraná. Se dejó de vacunar contra la fiebre aftosa en la Argentina. Y se hizo salteando pasos clave para que el país obtuviera el estatus sanitario más preciado del mundo ganadero: el de nación libre de aftosa. Todo pasó por una causa simple: Menem terminaba su mandato y quiso hacer él mismo el anuncio.
Sólo nueve meses después, ya en tiempos de la presidencia de Fernando De la Rúa, durante los meses de verano del año 2000, el Servicio Nacional de Sanidad Animal (Senasa) realizó una campaña “no oficial” de vacunación contra la enfermedad, ya que se había detectado la presencia del virus en Formosa. La inoculación “no oficial” incumplía con la obligación de notificar a las organizaciones internacionales sobre la situación sanitaria.
Para los primeros días de agosto la actividad viral se había extendido por buena parte del territorio argentino. Desde un principio, la estrategia de las autoridades nacionales, con el consenso de las principales entidades del campo y la industria, y los gobiernos de algunas provincias como Buenos Aires, Córdoba, Santa fe y La Pampa, fue negar la existencia de brotes y la vacunación que se estaba practicando. “No hay aftosa ni hay vacunación en la Argentina”, reiteraban las autoridades tratando de sostener contra viento y marea el status obtenido por el gobierno anterior. El motivo de la mentira es contundente: el reconocimiento del retorno de la enfermedad, implicaba una pérdida anual estimada de 1.000 millones de dólares, y una espera de cinco a siete años para recuperar el reconocimiento internacional para volver a los mercados.
Un acta reservada, redactada el 9 de agosto de 2000, en la sala de sesión del Consejo de Administración del Senasa, selló el complot para negar y ocultar la verdadera situación sanitaria del rodeo nacional. Fue firmada por las máximas autoridades del gobierno de la Alianza, encabezadas por Antonio Berhongaray, por esos tiempos secretario de Agricultura de la Nación, y Oscar Bruni, titular del organismo sanitario.
El consentimiento expreso de los delegados de las entidades del sector involucró a Natalio Tassara y Maria Rosa Rabanal, en representación de la industria alimenticia; Rubén Volando, de Federación Agraria Argentina; Roberto Gay, de Confederaciones Rurales Argentinas; Mario Ravettino, en representación de la industria cárnica; Horacio Francisco Gutiérrez, de la Sociedad Rural; Homero Carpena, del sector pesquero, y Gonzalo Alvarez Maldonado, en representación de Coninagro, actuaron con representación en el consejo de administración del Senasa.



































