La revista Realidad Económica, la publicación científica del Instituto Argentino para el Desarrollo Económico (Iade), cumple 50 años. Foro histórico y activo del pensamiento económico heterodoxo, llega al medio siglo bajo la dirección de la socióloga y especialista en economía Marisa Duarte, la primera mujer en estar al frente del instituto y la revista, quien asumió cuando comenzaba el gobierno de Mauricio Macri, ubicado en las antípodas de ese pensamiento. Hoy, con el Frente de Todos gobernando, la empatía tropieza con los conflictos que atraviesan al oficialismo y que quedaron crudamente expertos en las últimas semanas. “En las mesas de diálogo están todos los sectores concentrados y hay pocas sillas para que quede representada la heterogeneidad social de nuestro país en este momento”, dispara al tiempo que alerta sobre “la fantasía posmoderna de que se puede hacer política sin confrontar”.
_Realidad Económica es una usina de pensamiento crítico al neoliberalismo. Luego de cuatro años de discutir con un gobierno opuesto en lo ideológico, ¿cómo se paran en el análisis ante la actual administración, con un perfil más afín?
_Siempre es más fácil ser opositor en democracia. Digo porque hubo épocas donde se jugaba la vida. Pero bajo el sistema democrático ser opositor da la impunidad del que habla desde afuera. Yo creo que lo difícil es sostener esta visión que tenemos bajo un gobierno como el que tenemos en este momento. Eso es lo que prueba a veces el temple, la capacidad para militar, para disentir sin enojarse, sin irse, sin romper, sin defeccionar. Porque eso es la lucha política y la defensa de los principios que tenemos. En este momento, es sumamente complejo por la cantidad de factores adversos que se suman y por la gran disputa política que divide aguas. Hay una fantasía en la posmodernidad de que se puede hacer política sin confrontar y creo que eso es una ilusión, porque lo que se juega todo el tiempo en la política son los intereses. Y los gobiernos de raíz nacional y popular necesariamente deben confrontar, de lo contrario terminan subsumidos al poder económico.
_¿Cómo estás viendo en ese sentido al gobierno?
_Creo que hubo un error, una idea de que se podía recrear el sistema democrático argentino de la transición. Y esa especie de necesidad de estar juntos, de tirar todos para el mismo lado, de salir de un lugar muy desagradable. Y esa situación no estaba dada, todo lo contrario. Hay una disputa, una brecha sumamente clara que divide a la sociedad en dos y negar eso lleva a estrategias políticas truncas. En eso la derecha, entendida como los partidos que no forman parte de la coalición de gobierno, ganan terreno. Y se encuentran con una respuesta poco enfática en un momentos en que es necesaria una estrategia muy clara de distribución de ingresos, de discusión a fondo de temas que son muy álgidos. No depende de los modales que eso llegue a buen puerto. Porque lo que está en cuestión es muy serio y muy conflictivo. No tiene una salida amable esto.
_¿Los sectores dominantes son más homogéneos que los sectores populares?
_Creo que los sectores dominantes resuelven la heterogeneidad que tiene con una estratega política clara basada fundamentalmente en la defensa de la tasa de ganancia, la apropiación del excedente. Lo que pasa con los sectores populares es que la heterogeneidad es un dato de la realidad que no consigue ser homogeneizador por arriba. En democracias como la nuestra, los sectores populares tienen estrategias que tienen que sintonizar con dirigencias muy definidas, muy claras y eso es lo que no está funcionando. En parte por una opción política que era la de pactar. Pero para eso tiene que haber voluntad de los dos lados. Y si estás llamando al acuerdo, debe haber un programa político claro, porque de lo contrario se ve sometido constantemente a las exigencias de los sectores dominantes. Y a la poca disposición de aportar con nada. Esto es lo que está pasando ahora. Para no confrontar, para no reeditar el conflicto del kirchnerismo, aparece Alberto como una figura sumamente conciliadora. No está mal pero se tiene que tener claro adónde se va para no quedar fagocitado por el poder económico, político, mediático. La gran concentración de la economía hace que uno difícilmente pueda acordar de buena manera. Se debe ir a procesos de transformación y eso no se puede hacer sin involucrar a los distintos sectores sociales. En las mesas de diálogo están todos los sectores concentrados y hay pocas sillas para que quede representada la heterogeneidad social de nuestro país en este momento.
_¿Quiénes representarían esa heterogeneidad?
_Creo que las organizaciones sociales tuvieron una capacidad de adaptación a los contextos para seguir siendo voces validadas y con inserción incluso en algunos Ministerios. Pero hay otros que han sido borrados en parte porque se les asignó la estigmatización que los sectores dominantes les adjudican. Por ejemplo, el sindicalismo actual está absolutamente dejado de lado bajo el lema de que la dirigencia está burocratizada. Pero hay una parte importantísima de sindicalismo que no es eso y los sectores trabajadores argentinos que no cayeron en un proceso de declinación de ingreso fue por la acción de estos sindicatos que siguen peleando paritarias, algunos ingresando en una disputa por la distribución de la ganancias como caso de los aceiteros y otros que incluyeron en la negociación colectiva ese tipo de cláusulas y que tienen una situación absolutamente diferente. También sindicatos chicos o comisiones de base que son las que soportan constante y cotidianamente la lucha porque no se deterioren los ingresos y las condiciones laborales. Estos sectores deberían formar parte desde el vamos de las mesas de concertación y prácticamente no hay sillas para ellos. Están respaldando porque saben que hay una situación compleja. Pero no se los está invitando a que sean parte activa de este gobierno. Creo que la debilidad de las alianzas progresistas y socialmente buenas para nosotros, está en eso, en que se termina cortando lazos con sectores que deberían formar parte de los central de la alianza.
_En las últimas semanas estas tensiones escalaron con la disputa al interior del gobierno por el tema tarifas.
_Primero hay que decir que uno está en el plano del análisis y lo que se trata es de robustecer una forma de mirar a la sociedad argentina y las posibles salidas. Pero después está la capacidad política y el consenso social para llevar adelante ese tipo de cambios. Nuestro país en este momento tiene cerca de la mitad de la población en situación de pobreza. Esa es una prioridad que se tiende a ver como costo fiscal cuando en realidad atender esto es la única posibilidad que tiene la Argentina de salir de la crisis: con distribución de ingresos que hagan posible una recuperación del consumo y por tanto un impacto en el empleo y la rueda virtuosa de la economía, pensando en ese 50% y no en el porcentaje pequeño que dice que exportó mucho. Del total de empresas que son unas 600 mil _aunque caen anualmente_ el 98% son micro, pequeñas y medianas y solo hay un número muy pequeño de grandes empresas que exportan. Entonces, cuando se habla de un modelo basado en la exportación, la apropiación de los beneficios de este modelo termina en manos de esas empresas que exportan. Y con un impacto en lo que se puede apropiar el Estado, pero también con una presión muy fuerte para que deje de hacerlo. Esta discusión tuvo que ver con un par de definiciones al principio del gobierno que ponían en primer lugar resolver el problema de la deuda externa, para luego ocuparse del crecimiento. Había una dificultad inicial, que se sumó a la pandemia, que terminó agravando todo. Pero todas las opciones políticas que se plantearon en este sentido muestran la forma en que vamos a pagar y en ningún momento se acercan al planteo de que es imposible pagar, y menos en este contexto. Presentar la posibilidad de que el país no pueda pagar, refuerza la posición en la negociación. En cambio, decir desde el principio que vamos a pagar como sea, hace que se empiece a definir la letra chica.
Medio siglo de debates
La revista Realidad Económica cumplió 50 años y para su directora, Marisa Duarte, es “todo un desafío” porque se trata de una publicación que “siempre contestó el ideario neoliberal” que “tuvo oleadas muy fuertes”, dijo.
“Nosotros desde la creación del Instituto por los años 60 y de la revista a principios de los años 70 defendimos y pusimos de relieve los principios de la independencia económica, la soberanía política de nuestro país y la vigencia de los derechos democráticos y humanos”, precisó Duarte y explicó que con esa “constancia pudimos atravesar 50 años de distintos períodos, no solo defendiendo eso como algo histórico sino actualizándolo”.
Por eso, “que la revista cumpla 50 años y sea el canal por el que optan tantos investigadores jóvenes de nuestras universidades nacionales, de la educación pública, nos muestra que no hemos perdido el rumbo, que es un rumbo posible, y que tiene una vitalidad que es lo que nos hace militarla constantemente”, aseguró.