Domingo 03 de Junio de 2018

UNO

Hay un recuerdo de infancia que aún se posa, hermosamente, en la memoria de una siesta de verano. Sentados en las baldosas frescas de la galería de una casa ya muy lejana, la madre de mi madre y yo comemos, en la profundidad de un rojo inalterable, una sandía enorme. Reímos. Hablamos. Y, de alguna manera, así seguimos, en nuestra eternidad, a través de ese recuerdo que no cesa. Cierro los ojos, me reclino sobre la silla del comedor de estas horas y sonrío con cierta nostalgia que habitualmente suele acompañarme. El modo dulce y particular que tenía esa mujer flaca y bonita al decir mi nombre aún se sostiene en la belleza. Mi nombre abreviado y con una erre propia de otras tierras. Una erre intensa. Marcada. Una erre tan erre como el vuelo perfumado de esas horas. Una erre italiana. Una erre traída de Italia.


DOS

El viaje comenzó mucho antes de cruzar el mar. El viaje comenzó antes del antes y antes de que pudiera darme cuenta de que ya estaba viajando. El viaje, probablemente, haya comenzado en aquella tarde de verano en la sandía de la siesta. O, pasados los años, al haber entonado Ho capito che ti amo, de Luigi Tenco, como si el italiano fuera parte de mí mismo. Y, es también probable que el viaje haya encontrado el gran eco cuando tuve a Pavese en la voz por primera vez. Verrà la morte e avrà i tuoi occhi. Pero, sea como sea, cuando tuve la certeza de viajar a Italia tuve la certeza de que iría hacia Pavese y creo que, en ese exacto momento, comenzó el viaje consciente.


TRES

¿Qué es ir hasta Cesare Pavese? ¿Ir hacia Pavese es leerlo? ¿Ir hacia Pavese es saber todo de él? ¿Ir hasta Cesare Pavese es emocionarse con sus palabras? ¿Ir hasta Pavese es decirlo? ¿Qué extraña fuerza habría de arrastrar a alguien hasta el lugar exacto en donde descansan los restos de Cesare Pavese? ¿Cuántos modos hay de llegar hasta Cesare Pavese? ¿Todos los caminos conducen a Pavese? ¿Dónde queda Santo Stefano Belbo?


CUATRO

Viajé a Italia por amor a una mujer y desde ese viaje viajé hasta Pavese ¿Qué otro motivo podría haber sido más adecuado para ir hasta Santo Stefano Belbo, una pequeña localidad de la Italia profunda, en el Piemonte, dentro de la provincia de Cuneo, a unos 60 kilómetros de Torino, que el amor por una mujer?


CINCO

Desde Finalborgo SP 490 al cruce y toma E80/A10, Autopista del Fiori. Savona, se baja a la derecha y a la izquierda pola E717/A6. En Millesimo a través de un túnel tomar la SP339 a la derecha que se convierte en la SP439. Pasa por Saliceto, Monesiglio y Caravanzana hasta destino. Amor, amor, amor. Todo es un frenesí. Todo es un frenesí lento y cálido. Secenderemo nel gorgo muti. Inexorablemente.


SEIS

Es imprescindible morir de amor, al menos una vez, en la vida.


SIETE

Anotaciones desafiantes. Marcar un mapa. Soñar la ruta. Pensar los túneles. Imaginar las colinas. Cerrar los ojos y ver los viñedos. Escuchar en el aire la voz de mi padre nombrando al Nebbiolo. Y caer. Caer en una especie de precipicio amado. Todo es posible a borde de un Cinquecento. Es posible el amor y es posible perderse en esas rutas sin que nada importe demasiado. Entre los viñedos y por senderos para un solo vehículo un trabajador de las uvas saluda extrañado. También lo hacen sus hijos. Levanto la mano al paso de la macchina. Claramente no estoy en la ruta pensada. Pero voy hacia Pavese. Lo intuyo. Voy hacia Cesare Pavese.


OCHO

Cesare Pavese nació en Santo Stefano Belbo el 9 de septiembre de 1908 y se suicidó, en Torino, el 27 de agosto de 1950. Tenía 41 años y un desengaño amoroso quitándole el aire. Se encerró en la habitación 346 del Hotel Roma y fue tomando, una a una, las pastillas con las que combatía el insomnio. ¿Se habrá detenido en el aroma de las maderas del piso? ¿Habrá recorrido, con su mano derecha, las sábanas blanquísimas? ¿Habrá pensado en llamar telefónicamente a alguien en el medio de ese silencio suyo? Antes de acostarse a dormir, escribió Perdono tutti e a tutti chiedo perdono. Va bene? Non fate troppi pettegolezzi. Perdono a todos y a todos pido perdón. ¿De acuerdo? No hagan demasiados chismes.


NUEVE

Pavese fue sepultado en Torino pero desde el 7 de septiembre de 2002 sus restos descansan en su lugar de nacimiento. Una comuna que en las horas del mediodía tiene esa serena paz de unos parroquianos con sus juegos de naipes en el único bar abierto. Una comuna cuyas calles huelen a Pavese y a serenidad. En donde los carteles indicadores de su presencia y los restos de nieve en los lugares en que la sombra aún los sostiene, huelen a Pavese. La casa natal y el restaurante atestado de hombres de trabajo de alguna fábrica cercana huelen a Pavese. Las hojas caídas de los árboles y los detalles que aún conservo en la memoria de modo desordenado, huelen a Pavese. Y su voz, que pareciera repetirse, una y otra vez, mientras estoy camino a su última morada, a donde continúo yendo sin hacer preguntas, como si alguien me llevase, como si algo me indicase un camino que desconozco para arribar, al fin, a él.


DIEZ

Me inclino sobre su tumba y lloro desconsoladamente.


ONCE

Y es al fin, justamente, que se devela el misterio. No soy yo quien ha viajado. No soy yo el que ha cruzado mares y transitado rutas hasta Santo Stefano Belbo. No soy yo quien ha piloteado la pequeña nave espacial por esas rutas de ensueño hasta Cesare Pavese. Es Cesare Pavese el que viaja. Es Cesare Pavese el de los mares, el de las rutas, el de los cielos, el de las hojas caídas del otoño, el del murmullo del viento entre las colinas repletas de vides, el del ensueño, el del frenesí y el que ha dado, como él mismo supo decir, poesía al mundo.

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