Entrevista

"Muchos periodistas alientan lo emotivo y eso no da buenos resultados"

Tras vivir largos años en Rosario, Osvaldo Aguirre continúa produciendo su vasta obra desde Buenos Aires. En diálogo con Cultura y Libros, el narrador, periodista y poeta habló sobre su trabajo, y lanzó una mirada crítica en tiempos de crisis y coronavirus

Domingo 06 de Junio de 2021

El año pasado publicó Leyenda negra (Tusquets) un policial basado en la superbanda que en los años noventa del siglo pasado conmocionó a la ciudad con el asalto al Pami, entre otros hechos delictivos. Apenas empezaba a trabajar en la sección Policiales de La Capital, tuvo que cubrir aquel episodio que marcó un antes y un después en su oficio como cronista. “A lo largo de esa jornada pasaron muchas cosas para mí, por las cosas que vi, y a partir de ahí se me empezaron a aparecer interrogantes de larga duración”, contó el periodista, narrador y poeta Osvaldo Aguirre en diálogo con Cultura y Libros.

Leyenda negra es una novela que se articula en la oralidad, y cuyos personajes adquieren carnadura a través de sus testimonios en primera persona. De esta manera, ficción mediante, Aguirre se aferra a un principio ético fundamental para el ejercicio periodístico, y en particular, para la crónica policial: “Lo definitorio, lo más básico es la predisposición para escuchar, porque si vos te acercás a alguien pensando «este es un delincuente» o si te acercás a alguien pensando «este es un policía hijo de puta» no escuchás, y me parece que no hay blanco y negro, hay muchos matices, a veces en los lugares menos esperados podés encontrar historias o reflexiones que te hagan pensar, en vos mismo, en lo que hacés, en tu ubicación en el mundo, tu forma de mirar lo que ocurre, eso me parece muy importante”. La novela apareció mucho tiempo después de que hubiera terminado su investigación periodística, en la que entrevistó a policías, abogados e incluso a uno de los integrantes de aquella banda de asaltantes. El epígrafe de Sylvia Molloy –parafraseándola– dice “anotar la oralidad, transformarla en escritura” y funciona como corolario de esta ficción, que privilegia la enunciación por encima de los enunciados. “Una de las cosas que para mí era importante para escribir la novela era pensar cómo la violencia atraviesa al lenguaje, no la violencia como tema solamente, sino cómo moldea nuestras formas de hablar, eso estaba en las entrevistas que hice. Estos personajes o el delito en general pueden ser una especie de revelador de un punto de vista para observar a la sociedad”. En la misma línea, el exeditor del suplemento Señales de este diario aseguró que para su trabajo, “un criterio es poner en cuestión lo que funciona como lugar común, incluso los lugares comunes que puedan ser más progresistas, sobre todo en relación al delito. Porque siempre parece que el problema estuviera afuera, como si no tuviéramos nada que ver con los delitos que ocurren o la forma en que pueden producirse, esas condenas rápidas son una autoabsolución”, reflexionó.

Aguirre nació en Colón, provincia de Buenos Aires, en 1964. Estudió Letras en la UNR y publicó gran cantidad de libros de poesía y narrativa; también otros tantos como compilador y editor. Actualmente vive entre Rosario y Buenos Aires, y escribe para diversos medios porteños y nacionales. Es un referente y aficionado del género policial, y sobre todo, un prolífico investigador de los fenómenos ligados al periodismo cultural. Sin ir más lejos, este año publicó La bolsa y la vida, historias de bandidos sociales (Desde la gente, 2021), en el que recopila crónicas de distintos autores como Hugo Chumbita, Julieta Tonello, Exequiel Svetliza, Jorge Etchenique, Pablo Black, Orlando Van Bredam y Gabriela Saidon, e incluye un trabajo suyo. Estos textos abordan la vida de los delincuentes desde la leyenda, la ficción y los hechos históricos. Para la misma editorial, Aguirre publicó Redacciones argentinas. Memorias de periodistas, que reúne textos de numerosos cronistas desde el inicio de la prensa moderna.

Pronto se publicará la biografía de Francisco Urondo que el periodista escribió después de haber compilado la obra periodística de Francisco Paco Urondo en 2013. “En este momento estoy preparando un libro, una recopilación de artículos y entrevistas que hice sobre historia criminal de literatura policial y de crónica policial, que va a salir este año por la editorial de la Universidad Pedagógica”, adelantó. Aguirre mantiene un ritmo de producción a toda máquina, sin abandonar la mirada crítica sobre el oficio y sus circunstancias.

¿Tuviste que apelar a la ficción para darles voz a delincuentes? Porque es muy difícil encontrarla en la crónica periodística tradicional, donde siempre son hablados por otros.

—Es que no estamos predispuestos a escucharlos, o pensamos que mienten, o que hablan para defenderse. Y sí, es obvio, pero podríamos preguntarnos quién no, o quién dice la verdad o qué es la verdad. En ese sentido en la crónica se ve mucho esa imposibilidad de escuchar, por prejuicios y por una mirada sobre el delito que es muy pobre, porque hay un sentido común sobre el delito muy punitivista, y la crónica policial predominante se nutre de ese sentido común. Me parece que la ficción es un buen lugar para desmarcarse de esas miradas convencionales y proponer otros puntos de vista, otras preguntas. La novela retoma la idea de leyenda pero a la vez tiene una impronta desmitificadora; no es simplemente contar la leyenda sino, en todo caso, preguntarse por qué existen leyendas alrededor del delito, y qué dicen y revelan. A veces estos personajes pueden ser idealizados y queridos, incluso en la medida en que representan deseos oscuros de justicia o de revancha, o de reparación.

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Hablando de deseos oscuros de reparación, la representación del delito ha cambiado con el tiempo. ¿Qué diferencia hay entre los bandidos sociales y los ladrones de Leyenda negra?

–El personaje de Dámaso Herrera de Leyenda negra encarnaba lo que se llama un delincuente con códigos, y también hay mucho mito al respecto, porque eso es algo que siempre se dice para condenar la delincuencia del presente, para referirse a un pasado en el que los delincuentes eran buenos y los policías tambien, y ahora está todo mal. Sin embargo, lo que se afirmaba con este personaje era que efectivamente tenía ciertas normas de conducta que lo distinguían de la delincuencia común. Y los llamados bandidos sociales se convierten en figuras representantes de comunidades, que son defendidos por ellas, y que encarnan esos sueños de reparación de injusticias profundas. Siempre al margen de la ley, porque la ley es un instrumento de la opresión. En el caso de Mate Cosido es clarísimo, sus últimos robos fueron a multinacionales que estaban instaladas en el Chaco y que explotaban el algodón y perjudicaban a los pequeños productores, como Bunge y Born, Dreyfus, Anderson Clayton and Cia, y La Forestal, en Santa Fe. Los relatos de protección de la gente común con Mate Cosido son reiterados, o el caso del Gauchito Gil, otro tipo de personaje diferente que me parece muy interesante porque del personaje histórico no sabemos prácticamente casi nada. Hay fecha tentativa de nacimiento y otra tentativa de muerte, pero no sabemos si lo mataron porque no quiso luchar en la guerra contra el Paraguay, o si fue porque no quiso pelear dentro de las facciones políticas de Corrientes, o porque les robaba a los hacendados, pero lo que persiste en todas las hipótesis es el enfrentamiento con el poder y el apoyo de la gente pobre.

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En el último tiempo surgieron medios alternativos que hacen otro abordaje más enfocado en la violencia policial y estatal. ¿Cómo ves la crónica policial hoy?

–La era digital dio la posibilidad de que haya más voces en circulación, pero a la vez, me parece que el poder y la influencia de los grandes medios se mantiene. Y ahí lo que podemos ver es este sentido represivo de la crónica policial, o esta mirada sobre el delito que alienta a la justicia por mano propia, o que la disculpa; que los delincuentes salen de la cárcel, entran por una puerta y salen por la otra, cuando no es así, y que pasa por alto todo el sufrimiento que implica la cárcel. La cárcel es una especie de irradiación de sufrimiento, no es solamente el castigo a la gente que está encerrada sino también de sus familiares; y por otro lado está el tema del odio social, que es muy fuerte. En un momento donde lo más inmediato es el odio, y las emociones, me parece que es una situación difícil para pensar. Hoy una buena parte del periodismo alienta la cuestión emotiva, y eso no puede dar buenos resultados.

La “cosa” rosarina

Como escritor, investigador y periodista cultural, preguntarle sobre el estado de situación de la literatura de Rosario a Osvaldo Aguirre es inevitable. Por suerte el entrevistado va un poco más allá de las clausuras y simplificaciones. “Hablar de literatura rosarina como se habla habitualmente es empobrecedor. Si vos te fijás en la historia cultural de Rosario lo más interesante y productivo va por otro lado: cuando los escritores o artistas de Rosario se pensaron como parte de algo más amplio, como parte del Litoral, es más, te diría que es parte de nuestra tradición”, redobló Aguirre, al señalar como ejemplo la revista Paraná, “cuando Montes i Bradley en los años 40 reunió a una cantidad enorme de artistas que estaban produciendo en Santa Fe, en Entre Ríos, en la provincia de Corrientes y de Buenos Aires. Lo mismo con la experiencia editorial de la Vigil, o la revista el lagrimal trifurca”. “Y además añadióes lo que pasa en otras regiones del país: se habla de literatura patagónica y no de literatura santacruceña o rionegrina, en el Noroeste argentino también hay una conciencia regional muy fuerte”.

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Pero el problema parecen ser los porteños...

De Rosario se dice que está muy cerca de Buenos Aires, pero La Plata está todavía más cerca y hay una producción impresionante, así que no pasa por ahí. Otra cosa es la falta de instancias de legitimación propias, que pueden ser suplementos culturales, revistas o concursos. Se supone que eso pasa en Buenos Aires, y lo más preocupante es que para los propios rosarinos sea así. Los concursos de la Municipalidad son importantes, y tiene que ser tan importante ganar el Felipe Aldana como ganar el premio del Fondo Nacional de las Artes, pero parece que falta continuidad en las tradiciones. Es una paradoja, por un lado se escucha mucho la queja o el reclamo por no ser valorados fuera de Rosario pero al mismo tiempo hay un desconocimiento propio de lo que hay en Rosario.

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¿Eso te parece que es responsabilidad del periodismo?

–En parte, sí. En octubre del año pasado se cumplieron veinte años de la muerte de Aldo Oliva, y se cumplieron noventa del asesinato de Joaquin Penina, ¿vos viste alguna nota sobre esto? La efeméride es utilizada en cualquier lugar, ya sea para una nota periodística o un evento cultural, entonces uno se tiene que preguntar: ¿Aldo Oliva es importante o no para la literatura de Rosario? ¿La muerte de Penina es importante o no para la historia de Rosario? Me parece en primer lugar una falla del periodismo porque yo trabajo en ese ámbito, y al hacer periodismo estás preguntándote qué es importante y de qué queremos hablar. También me parece preocupante el estado cultural actual, porque ¿cuáles son las últimas noticias de cultura en Rosario? Que hay goteras en el Castagnino o que los trabajadores de la Biblioteca Argentina se quejan. Me parece que a nivel político no se comprende la importancia de la cultura porque hoy estamos en una crisis, sí, pero la producción cultural también es importante para enfrentar la crisis, porque no es solo una crisis económica, también es social y de desmoralización te diría, porque la muerte está tan presente que ahí la producción cultural importa.

Urondo y la exigencia de lo imposible

“Hace más de diez años que estoy investigando a Urondo, pero durante la cuarentena tuve el inconveniente de que las bibliotecas estaban cerradas y no podía ir a consultar a diarios o revistas. Por suerte hay sitios que tienen digitalizadas muchas colecciones de prensa política que fueron muy útiles”, contó Aguirre sobre la producción de Francisco Urondo: la exigencia de lo imposible, la biografía del reconocido poeta, periodista y militante que publicará la editorial de la Universidad Nacional del Litoral.

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Francisco

Francisco "Paco" Urondo.

“La figura de Urondo está muy marcada por su muerte, tenemos muy presente esa muerte terrible que tuvo y nos hace perder de vista toda la complejidad de Urondo y su enorme vitalidad”, apuntó. “Personalmente me saca leer que todavía hay gente que escribe que Urondo se tomó la pastilla de cianuro, diez años después de que en el juicio se demostró que murió de un culatazo que le dio un policía. No es menor el dato, por eso me parece importante sacarlo de ahí”, enfatizó.

“Cuando la dictadura había intentado convertirlo en un desaparecido, porque su cadáver fue entregado como NN, y en los diarios decían que había querido defenderse de una manera ominosa, en la revista Siete Días sale publicada una entrevista a Juan L. Ortiz. Ahí Ortiz lo menciona, lo hace presente, cuenta su historia con Urondo y en ese contexto dice que la poesía es ilegal. Eso fue un acto de valentía y para mí, un punto de partida, el nuevo comienzo de la historia de Urondo. Con el tiempo empezó a cobrar dimensión con la reedición de toda su obra y de su acción militante. Pero me parece que es una figura extraordinariamente compleja y muy rica, que todavía tiene mucho para darnos”.

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