Ya no soy la Gata que fui… Y ni siquiera recuerdo quién me puso el sobrenombre… La Gata Requena…
Por Rubén Echagüe
“El patizambo”, del español José de Ribera (1591-1652).
Ya no soy la Gata que fui… Y ni siquiera recuerdo quién me puso el sobrenombre… La Gata Requena…
Debió haber sido alguna flaca envidiosa, porque yo era una morochona de ojos bien claros –aunque hoy nadie me crea, tenía los ojos claros–, que no le daba bola a nadie y que salía de lo común. Eso no me lo pudieron perdonar.
Pero ahora con cuarenta y siete pirulos, sin dientes y medio ciega, ¡qué Gata ni qué Gata! ¡A la Gata se la comieron los ratones!
Lo que me tiró abajo fue lo del Rulo, que me lo mataron aquí nomás, el año pasado, en el pasillo que da al pasaje Montesquiú –siempre me dio risa ese nombre, de algún inglés, calculo–.
Al pobre hijo me lo fusilaron sin asco, y lo siguieron quemando a cuetazos mientras estaba tirado en el piso: como veinte vainas servidas y todas calibre nueve milímetros, me dijeron que contó la poli cuando llegó.
Y eso por querer dejar de vender y dedicarse a lo suyo, que era la construcción… ¡Si había empezado a pagar de a poco los cerámicos, para terminar el bañito que íbamos a levantar en el fondo!
En el Agudo no estuve mucho tiempo, solo alrededor de dos meses, pero allí nunca me trataron mal. Como era una loca mansa no me tenían demasiado en cuenta, jamás me dieron electricidad –creo que eso ya no se usa–, y cuando rondaba la reja que da a la calle, llegué incluso a lograr que algún tío que pasaba se conmoviera y me regalara un par de cigarrillos.
Claro que volver al barrio e intentar recuperar mis cosas no fue fácil. Mis gallinas habían desaparecido, la heladera pintada de color rojo rubí era ahora un armario mugriento, lleno de botellas vacías, y al rancho me lo habían usurpado tres compadres que ya conocía, pero que se negaron a irse.
Por fin llegamos a un acuerdo: como los tres cirujean todo el día yo me ocupo de hacerles la comida, y a cambio de eso tengo la posibilidad de dormir bajo techo, que para mí no es poco.
Hasta he adoptado casi a un crío, un renguito que pide limosna con la muleta al hombro, y que aunque tiene los dientes muy separados y podridos, el guanaco no para de sonreír. Es inofensivo y simpático, y le decimos el Patizambo.
Justo empezaba a hervir unas papas que me había traído ese pibe, cuando la Negra y el Lobito salieron como balas y se pusieron a ladrar a lo loco, en la puerta que da al pasillo.
Habían golpeado las manos cuatro doctores –dos varones y dos chicas–, que más bien parecían astronautas, los cuatro envueltos en nylon y con caretas transparentes, y que venían a constatar si estaba enferma o no.
Me hablaron de una peste que hay en todo el mundo y de la que yo no tenía noticia, me tomaron la fiebre con una especie de pistola de plástico, y me recomendaron lavarme las manos lo más posible y no acercarme a nadie a menos de dos metros…
Pero en la única pieza del rancho que compartimos con los vagos, por más que yo me haga un ovillo y duerma lejos de la puerta para escaparle al frío, y ellos se amuchen como animales en la otra punta, las distancias siguen siendo cortas.
Lavarse las manos tampoco es sencillo: la canilla común está a más de una cuadra y media de acá, las colas que debemos hacer para juntar agua son largas y penosas, y no pocas veces se suman las peleas de las comadres, que terminan entrechocando bidones y agarrándose de las mechas.
Esos doctores –¡tan jovencitos!– me parecieron muy buena gente, pero cuando se fueron con sus trajes de nylon, sus cascos transparentes, sus notas y sus buenos consejos, no pude menos que pensar –hasta donde me da la sesera– en esta nueva peste y en mi Rulo, y llegué a la conclusión de que la muerte, por más que sea siempre la misma, siempre está dispuesta a cambiarse de máscara.


