Cultura y Libros

La gata

En la oscuridad brumosa del rancho —acurrucado junto a las vías del ferrocarril como una bestia deforme—, Claudia "la Gata" Requena es una sombra más...

Domingo 03 de Marzo de 2019

En la oscuridad brumosa del rancho —acurrucado junto a las vías del ferrocarril como una bestia deforme—, Claudia "la Gata" Requena es una sombra más o, mejor dicho, una sombra que agoniza, y que se va convirtiendo, poco a poco, en un lento gemido...

La atmósfera es densa y asfixiante, por ser una mezcla de olor a gallinero, a humedad, a letrina y a mugre que, vaya uno a saber por qué impúdica alquimia, hasta se ha tornado visible.

La Gata arrastra los pies sobre el piso de tierra, gris y petrificada, y recorre con la mirada sus pocas pertenencias, sin llegar a reconocerlas del todo: una heladera que a alguien se le antojó pintar de color rojo rubí, tres neumáticos en bastante buen estado, dos gallinas que picotean las frazadas, como si pretendieran desenterrar de allí alguna semilla, la imagen en yeso de San Expedito con su traje de legionario romano, un gran atado de cartones juntados de la basura y la bicicleta —dicen que robada—, con la que "El Rulo" trató de huir por un pasillo diez minutos antes...

Perdida en su trance de loca y de sonámbula, la Gata se pega ahora a las paredes y se restriega furiosamente contra ellas, mientras explora con mano trémula las estrías de los ladrillos huecos, torpemente apilados, en donde, se imagina, podrían haber quedado rastros de las mil y una oraciones que musitó todas las noches, durante meses, intentando estirarle un poco más la vida al fugitivo.

Cuando llega al pedazo de espejo que la balacera dejó meciéndose de un clavo —un triángulo mágico para asomarse a algún otro mundo, geométricamente perfecto, quizá— lo mira aterrada, temiendo tener que enfrentarse a su propio rostro irreconocible, pero solo ve a un legionario romano que le dedica una sonrisa pintada color rubí, una sonrisa de yeso, plácida, eterna, de santería...

¿Qué importa que, dentro de un rato, las ambulancias irrumpan con su ulular escalofriante, de mal agüero, o que grandes coleópteros negros le invadan su casa, con la blindada prepotencia de una raza invencible? ¿Qué importa que les aten cintas a los árboles, que todo el barrio se encienda de golpe como Las Vegas por las luces inquietas de los patrulleros, y que la gorda amarga del quiosco les cuente a los periodistas que ella siempre estuvo medio chiflada, o que el Rulo de chiquitito siempre fue un malandra?

La Gata ha hecho muy buenas migas con un legionario romano de labios color rubí, que la carga en sus brazos —para que no pise las vainas servidas, dispersas sobre la tierra apisonada del rancho—, y que se la lleva con él nadie sabe adónde, tal vez a Roma, o al Cielo, o al Infierno... o, como en un ansiado viaje de fin de curso a Disney World... al palacio encantado de la Muerte.

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