Había terminado de leer el diario, que confirmaba aquella frase con que Camus inicia el segundo capítulo de su insoslayable relato: "A partir de ese momento, se puede decir que la peste fue nuestro único asunto".

Por Rubén Echagüe
“El cellista”, de Paul Gauguin (1848-1903).
Había terminado de leer el diario, que confirmaba aquella frase con que Camus inicia el segundo capítulo de su insoslayable relato: "A partir de ese momento, se puede decir que la peste fue nuestro único asunto".
Pero la hora del almuerzo —gratificación básica si las hay, aunque no por eso menos eficaz— todavía estaba lejana…
¿Qué hacer entretanto? Una opción era escuchar música, y como mi "tocadiscos de discos compactos" es un elegante mamotreto de fines del siglo XX: un Sony plateado mate con las pantallas de los parlantes de un azul cerúleo hoy ligeramente desvaído… un diseño digno de la Bauhaus… que aún me sigue siendo fiel, solo restaba escoger la música apropiada.
El primer intento (atolondrado), fue un doble concierto para clavicordio, fortepiano y orquesta de Carl Philipp Emanuel Bach —¿pero por qué diablos el clavicordio sonaba tan lánguido y tan distante?—, una obra capaz de alimentar mi depresión hasta el límite del suicidio…
La segunda tentativa no fue mucho más feliz: La Arlesiana de Bizet, ¿no me resultaba en otros tiempos grata? ¿Por qué ahora lo marcial de los primeros compases bastaba para aumentar mi desolación y mi fastidio?
Entonces, de golpe, reparé en una piedra filosofal que, por ser tan obvia, no había descubierto antes. Lo que debía hacer era escuchar algo reconocible y familiar, algo muy bello, naturalmente, pero de lo que guardase memoria y que fuera como "un perpetuo sueño de mi oído", para decirlo con las palabras de un caduco poeta romántico cuyo nombre no me atrevo siquiera a mencionar.
Y esta vez la elección recayó sobre el Concierto Nº 1, en Do Mayor, para Cello y Orquesta, de Franz Joseph Haydn.
(Un amigo músico me decía que el genial Mozart por momentos le parecía previsible, en tanto que el campesino Haydn —su maestro— siempre sacaba de la manga algún nuevo recurso, sorpresivo y encantador).
Me dejé impregnar por la música… me solacé con el clásico equilibrio del primer movimiento, con los graves ronquidos del cello que se arrastran voluptuosamente… el adagio me acunó y me reveló todos los secretos del corazón humano, mientras que el allegro final, entre tiernos murmullos y furiosos arrebatos, me envolvió en una danza a la vez tensa y nerviosamente festiva…
Pero este remedio casero, esta pequeña terapia de entrecasa, sirvió también para corroborar algo de lo que estaba convencido hacía tiempo: el pavoroso abismo abierto por la peste a pocos centímetros de nuestros pies, no fue solo el abismo de la posible enfermedad y de la muerte. Fue más que nada un agujero negro que se engulló todos los hábitos sedantes, la engañosa seguridad que forjamos a partir de las muchas frecuentaciones, los endebles argumentos que esgrimimos para justificar nuestro paso por el mundo, los oropeles con que adornamos la hipocresía en el trato social, y todo ese complejo entramado de pasatiempos y distracciones que hombres y mujeres debimos tejer —algunos sublimes, ya lo sé—, para posar la mirada en algo que fuera un poco más alentador y estimulante, que el espectáculo de nuestra fragilidad y de nuestra finitud inexorable.
La peste no solo enferma y mata, sino que antes de someternos a maltratos tan radicales, se aplica a desmontar el andamiaje de las rutinas tranquilizadoras y las anestésicas fantasías con que, sistemáticamente, tratamos de aventar los fantasmas de un destino incierto y de un naufragio final en la nada.
Aferrarse, pues, a lo conocido, como a una tabla de salvación para paliar la angustia, fue y continuará siendo una estrategia más que plausible.
Ese debe haber sido el motivo —seguimos en el campo de la música— por el cual el primer Borbón que reinó en España, Felipe V, en tren de mitigar su creciente melancolía de maníaco depresivo, contrató a Farinelli para que todas las noches le cantase cuatro romanzas, que tenían la particularidad de ser siempre las mismas.
Y a partir de dato tan singular, un biógrafo del famoso sopranista contabiliza que durante los diez años en que estuvo al servicio de la corte española, Farinelli debió cantar no menos de 3.600 veces, las mismas melodías...



Por Azul Martínez Lo Re