Voces de mujer

"Hay una enorme potencia en las contaminaciones: escribir sin saber en qué terreno"

Dahiana Belfiori es escritora, activista y feminista. Este mes La Parte Maldita Ediciones relanzó su primer libro, "Código Rosa. Relatos sobre abortos", y también compiló en "Lo más simple es desnudarse" una selección de textos a la que considera su primera obra de ficción

Domingo 25 de Julio de 2021

Como militante y activista fue que Dahiana Belfiori tomó el desafío de poner escucha, cuerpo y escritura a las experiencias de las mujeres que abortaron, un registro que quedó plasmado por primera vez en 2015 en Código Rosa. Relatos sobre abortos, libro que tras ser reimpreso en 2018 y presentado en Holanda y España, en ciudades como La Haya, Madrid, Barcelona y Valladolid, este mes fue reeditado por La Parte Maldita. Sin embargo, a ese relanzamiento del que fue su primer libro se suma la ficción Lo más simple es desnudarse, que reúne más de cuatro decenas de textos escritos entre 2012 y 2018, que fueron publicados semanalmente en las contratapas del diario Rosario/12 y escritos con cierta contemporaneidad a Código Rosa. Un ida y vuelta entre la ficción y el testimonio que le permite habitar bordes y fronteras, donde el activismo y la militancia feminista se plasman en uno y otro. “Porque construyo ficciones pude lanzarme a la escritura de un libro tan complejo como Código Rosa. Relatos sobre abortos, y porque soy feminista y activista pude escribir las contratapas que hoy dan cuerpo a Lo más simple es desnudarse, dice Belfiori en diálogo con Cultura y Libros. Convencida de que son las certezas y también las dudas las que “funcionaron como motor de escritura”, y con ambos libros ya publicados, admite que su mayor alegría “es la de dar cuenta de la enorme potencia que hay en las contaminaciones, las mezclas, las intersecciones, los bordes, las fronteras: el escribir sin saber en qué terreno se está escribiendo”.

Los textos de estos dos libros tuvieron cierta contemporaneidad en la escritura, sin embargo esta es la primera vez que se publican en forma simultánea.

–En 2012 comencé a publicar las contratapas. De la selección y edición de ese trabajo, se publica este año Lo más simple es desnudarse. Vista de lejos aquella fue una experiencia que siento me formó como escritora de ficción. Solemos insistir en el lugar común que asegura eso de que a escribir se aprende escribiendo. Creo que también se aprende a escribir asistiendo a las repercusiones que surgen cuando eso que escribiste se publica. Lo que genera un texto en lectoras y lectores puede habilitar un diálogo con la propia manera de escribir y con la forma en que el pensamiento se revela en el texto. La publicación –que fue semanal primero y después quincenal– me permitió someterme a un entrenamiento en el uso de la herramienta como también en la exposición a la crítica lectora: esa cercanía entre quien publica y quien lee que el diario propone es para celebrar. Y la propuesta de escribir Código Rosa. Relatos sobre abortos llega porque había ahí una feminista, activista por el aborto legal, escribiente que publicaba ficciones. La publicación conjunta de estos libros me genera alegría, una alegría laboriosamente conseguida, en especial en este tiempo de tristeza abrumadora.

La muerte de Juan Forn, quien durante años hizo de las contratapas de Página/12 un espacio para la literatura, revalorizó en estas últimas semanas esos espacios.

–Celebro ese espacio para la ficción que todavía existe en algunos diarios y revistas. Lo agradezco, lo disfruto como lectora. Fue por esas contratapas que pude pensarme como escritora.

¿Cómo fue esa escritura paralela de la ficción por un lado y por otro, de los relatos testimoniales y las experiencias de las mujeres que pasaron por abortos?

–Porque construyo ficciones pude lanzarme a la escritura de un libro tan complejo como Código Rosa. Y porque soy feminista y activista pude escribir las contratapas que hoy dan cuerpo a Lo más simple es desnudarse, desde algunas certezas y dudas que funcionaron como motor de escritura y deseo de publicación. Mi mayor alegría es la de dar cuenta a través de mis libros de la enorme potencia que hay en las contaminaciones, las mezclas, las intersecciones, los bordes, las fronteras: el escribir sin saber en qué terreno se está escribiendo.

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¿Cuál crees la importancia de la reedición de Código Rosa, ese libro que nació al calor de la lucha por el aborto legal, aun hoy tras la aprobación de la ley?

Código Rosa forma parte de esos libros que si bien fueron escritos al calor de una lucha o una demanda específica está destinado a ser leído en la clave en la que fue pensado: literaria, histórica, social. Es parte del impulso al cambio de época en relación a la legalidad del aborto a la vez que un registro de ese tiempo; sin embargo, lo trasciende. ¿En qué sentido? Hay allí retratos de mujeres que en las más variadas situaciones toman una decisión. Esa decisión, rodeada de la singular atmósfera en la que es tomada, es la que adquiere centralidad en el libro. Sigue convocando a pensar la pregunta que se abre, insistente, ante la posibilidad de un embarazo no buscado. Creo que esa es una pregunta que nunca se clausura, incluso con la ley. En ese sentido el libro la recoge y despliega en las voces que nos traen reflexiones, experiencias vitales, puntos de vista, miradas.

En el prólogo de Sonia Tessa de Lo más simple es desnudarse se plantea que cuando empezaste a escribir las contratapas no te nombraras como escritora. ¿Por qué y cómo te nombrás ahora?

–Hoy mi tarea cotidiana consiste en compartir lecturas. Me apasiona convidar la literatura que me conmueve, que me provoca, que no comprendo, que me hace pensar. Me da placer descubrir junto a otras personas ese lugar, ese subrayado que hacemos de las ficciones que leemos. La escritura también es parte de esos espacios colectivos que son los talleres literarios, y me interesa motivar y acompañar esas escrituras, esas voces singulares. De esa práctica colectiva puedo reducir lo que hacemos a una manera de nombrarme: escribo, leo, siempre en comunidad. Y a veces publico lo que escribo.

En las contratapas vos trabajás sobre tus recuerdos, aparecen tu mamá y tu abuela, pero al mismo tiempo las nombrás como textos de ficción. ¿Cómo es esa operación?

–En Lo más simple es desnudarse aparecen, es cierto, mi madre, mi abuela, mi hermano, mi padre, la infancia, el barrio, la casa familiar, los juegos de la niñez. Pero si bien trabajo con los recuerdos personales, uso el recuerdo como lo que es: un modo de la narración. Aquellas escenas que permanecen vivas en mi memoria las amplifico en la trama de emociones que las rodean, tiro de esos hilos en los retratos que esbozo para darle cuerpo y densidad a la historia que quiere ser contada. Y si es necesario me invento una familia, una vecina que toma mates en la esquina o un amor de verano. No es la veracidad del recuerdo lo que me interesa indagar, es lo que el recuerdo produce como verdad.

Esos textos los escribiste a partir de 2013, pero hay algunos fechados en 2018, aunque no están presentados en el libro cronológicamente. ¿Cómo fue pensado el orden en que aparecen en el libro?

–El trabajo de selección de las contratapas –casi cuarenta de las más de sesenta que publiqué originalmente–, de organización y de edición fue conjunto con la editorial. A la par de la búsqueda del nombre del libro, que lo toma prestado de uno de los cuentos, nos detuvimos en los temas y motivos que aparecían en los textos y allí me sugirieron las tres secciones que lo conforman, que responden a distintas modalidades de la exposición de esos temas: Desnudos, Exhibiciones y Retratos. Fue algo que se nos impuso con el correr del tiempo, que fueron años, además de las lecturas.

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Bombachas

Por Dahiana Belfiori

Aprendí de chica a lavar la bombacha en la ducha. Mi vieja lo hacía siempre. El calzón a veces aparecía abandonado sobre el grifo derecho, otras sobre el pico que llenaba la bañera. Mientras cantaba abría la canilla, dejaba correr el agua caliente, metía una mano para comprobar la temperatura, regulaba con la fría. En la punta de los dedos tenía un termostato infalible, de una precisión casi matemática. En ese momento empezaba a tararear aumentando la intensidad mientras se acercaba al punto más sensible del lavado: fregar su calzón. La voz se articulaba en palabras y yo podía oírla desde la cocina o desde el patio, al que daba la ventanita inalcanzable y rectangular del baño, o en las noches desde mi cuarto entonando un tango con su voz ronca de puchos y de trasnoches de reuniones. Yo me daba cuenta, sobre todo en esas vigilias, por el tono en el que el tango se deslizaba por la casa, cómo habían sido las reuniones. Nada era su favorito. Ponía un énfasis especial en “telarañas”, acentuando la “te” como si se estuviera desgarrando por dentro. Si volvía triste o enojada la sensación la perseguía durante días y las canciones dejaban de ser audibles. A mí me gustaba escucharla. Hasta los siete años, cada vez que entraba a bañarme, encontraba su tanga colgada en el pico a la altura de mi pecho. Como a mi madre la veía poco, la bombacha me la traía en sus aromas. Yo la tomaba entre mis manos y la corría para no mojarla y luego la reemplazaba con la mía. Ella tenía una preferida, que cuidaba más que a otras. Era de muchos colores con una florcita bordada en la parte de adelante. La lavaba con un jabón especial y la colgaba fuera de la ducha, la llevaba al patio y al sol. No sé qué tenía pero era la única a la que le dedicaba esos cuidados. Debe haber sido un regalo de mi padre. O de un amante.

En la primavera de mis siete años dejé de escuchar a mi mamá para siempre. Hoy cuando me levanté quise conocer el reverso de las plantas que crecían sin medida en el jardín de aquella casa. Volver se tornó un imperativo, como si el regreso pudiera traerme algo de los días pasados en el patio arañando los cascotes de tierra del cantero o sacudiéndome el dolor del pinchazo de los rosales en los dedos. De niña observaba con paciencia el recorrido de baba que hacían los caracoles sobre el sendero pegado al tapial consentido de Santa Ritas. Las buganvillas me gustaban pero las abejas me hacían difícil la entrada a ese universo color guinda y los caracoles eran demasiado lentos en comparación con las abejas. Aprendí que podían demorar muchos baños de mi madre cruzar el patio hasta la huerta. Siete años no son nada. Y son todo. Como en el tango nada queda de mi casa natal. Nada que me la recuerde. Ni el rosal, ni las Santa Ritas. Ni telarañas en un yuyal. Ahora hay un edificio pulcro del que salen y entran hormigas pulcras. Vuelvo a mi casa. La memoria es una aparecida entre el café y la mermelada. Es la mañana y hay velas encendidas. Y un par de miradas dispuestas a no olvidar. Hay una bombacha colgada en la ducha. En ese gesto sigo encontrándome con mi madre. Mientras la espero como cada noche desde aquella en que dejó de cantar para mí.

(Este texto fue escrito y publicado en Rosario/12 en 2014. Ahora integra Lo más simple es desnudarse, libro editado por La Parte Maldita).

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