Cultura y Libros

El inagotable legado de Mark Twain

En su exquisita colección Rara Avis, Tusquets acada de publicar 44, la última novela del genial narrador estadounidense, que había quedado inédita a su muerte y sufrido luego deplorables intervenciones. Esta versión, la original de su pluma, exhibe el esplendor intacto de su humorismo, abrazado con una insospechada hondura metafísica.

Domingo 03 de Junio de 2018

Novela, 44. El forastero misterioso, Mark Twain. Tusquets, 2018, 296 páginas, $249.


No pocas fueron las vicisitudes que debió padecer 44, la última novela de Mark Twain que el escritor norteamericano dejara concluida, aunque inédita, en 1908 ―Twain moriría dos años más tarde, con ese pintoresco agregado de que tanto su nacimiento en 1835 como su muerte en 1910, coincidieron con sendas apariciones del cometa Halley―, razón por la cual resulta tan recomendable la esmerada edición que del texto acaba de lanzar Tusquets Editores, en una cuidada traducción del inglés que lleva la firma de Esther Cross.

Es que el creador de Tom Sawyer, lejos de ser solo una pluma amena y divertida ―hay que reconocer en él a uno de los humoristas más grandes de todos los tiempos―, también fue un encarnizado enemigo de las supersticiones religiosas que empañan y atormentan la vida de los hombres, del uso que los poderosos hacen de esas falacias oscurantistas para sojuzgar a sus semejantes, y de las muchas otras formas en que la especie humana da cuenta de su ignorancia y estupidez, valerosa toma de posición que ni siquiera sus allegados más cercanos estuvieron dispuestos a perdonarle.

44 tiene la particularidad, que comparte con La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson, de ser una historia contada por un chico, quien para el caso es August Feldner, un aprendiz de impresor de solo dieciséis años (Twain, de joven, había practicado el mismo oficio), cuya vida transcurre en un castillo semiabandonado de Austria, que es el sitio donde funciona la imprenta, a fines del siglo XV.

Pero ese ambiente atrasado y sometido a la omnímoda tiranía de la Iglesia ―"según el reloj mental y espiritual, Austria estaba todavía en la época de las Cruzadas"― será revolucionado por la aparición de un extraño peregrino ("44"), un muchachito sumiso y encantador, que sin embargo no tardará en mostrarse dotado de increíbles poderes sobrenaturales…

A partir de su sorpresiva llegada (el nombre completo del forastero era "Número 44, Serie 864.962"), todo en el castillo pasará a ser una alocada zarabanda de comunicaciones telepáticas, desdoblamientos de los personajes, quienes se verán "duplicados" en copias que los reproducen con pavorosa exactitud, viajes astrales hacia el pasado y el futuro, anulando de un plumazo las limitaciones del tiempo y el espacio, y toda una sarta de fenómenos inexplicables que pondrán en entredicho no solo el curso normal de los acontecimientos, sino también las demenciales prácticas ―no pocas de ellas criminales― con que la Iglesia siempre pretendió apuntalar, y más que nada perpetuar en su provecho, ese dudoso estado de cosas que, sin saber muy bien a qué nos referimos, solemos llamar "normalidad".

Con semejantes ingredientes, el destino de la novela ―que para colmo de males había quedado inédita a la muerte de su autor―, si bien no era previsible, al menos era incierto. Y ocurrió lo peor: la única hija sobreviviente de Twain, Clara, quien se había convertido a la Ciencia Cristiana ―movimiento religioso al que su padre le dispensaba una especial aversión―, permitió que un albacea y un inescrupuloso editor le metieran mano al texto original, lo mutilaran en un veinticinco por ciento, y hasta le inventaran un nuevo personaje para que, a modo de chivo expiatorio, cargara con todas las vilezas que Mark Twain le había endilgado al perverso cura Adolf, la criatura más despreciable de todo el relato. Ese engendro, inquisitorialmente expurgado, en nuestra lengua se llamó El forastero misterioso.

Por fortuna, la University of California Press pudo rescatar la versión integral, que es la que ahora acaba de dar a conocer Tusquets, y es por ello que ya sobre el final de la obra, se puede disfrutar de una reflexión tan profunda como la que transcribo a continuación (donde el que habla, naturalmente, es 44, terminando de instruir a su amigo August):

"Es extraño que no hayas sospechado hace años, siglos, épocas, eones, que existes en tu soledad desde todos los tiempos. Qué notable, realmente, que no hayas sospechado que tu universo y todo lo que contiene solo eran sueños, ilusiones, ficciones. ¡Es extraño porque esas ilusiones son locuras tan absurdas como los sueños! Un dios que podía hacer hijos buenos y malos, y optó por los malos. Un dios que podría haber hecho felices a todos y no hizo feliz a ninguno. Un dios que deja que sus criaturas se apeguen a sus vidas amargas y luego se las arrebata en forma mezquina. Un dios que dio felicidad eterna e inmerecida a sus ángeles y exige a sus otros hijos que se ganen esa vida con el sudor de su frente, condenados a las desgracias más duras de la mente y el cuerpo".

Y más adelante: "Pero no importa, ahora te lo he revelado: no hay Dios, no hay universo, no hay raza humana, no hay vida terrenal, no hay cielo, no hay infierno. Todo es un Sueño, un sueño grotesco y estúpido. Eres lo único que existe. Y solo eres un pensamiento: un pensamiento errante, un pensamiento inútil, un pensamiento sin hogar, que viaja solitario por las vacías eternidades".

Así como solemos exaltar hasta el cansancio la "anticipación científica" en la obra de Julio Verne, en esta sobrecogedora cosmovisión de Mark Twain ―las bastardillas agregadas son mías―, sorprende que una mente tan crítica como la suya, con respecto a las religiones institucionales de Occidente, haya podido forjar un planteo que no solo emociona por lo espiritualmente inspirado, sino que revela una innegable analogía con las más refinadas especulaciones metafísicas del pensamiento oriental: hinduismo, taoísmo o budismo en sus múltiples variantes, e incluso con la vertiente mística de las tres grandes religiones monoteístas que se disputan la supremacía en el mundo.

Leer 44 es redescubrir a un Mark Twain inagotablemente imaginativo, pero también imbuido de una forma de religiosidad que nada tiene que ver con las mazmorras del dogmatismo ciego y brutal, a lo que habría que sumar un par de sutilezas editoriales que no son menos dignas de mención: mientras hojeaba el volumen en una librería, y antes de conocer su contenido, me sedujeron los amarillos sulfurosos de la tapa, que reproduce una obra del célebre grafitero Jean-Michel Basquiat, y una frase de William Faulkner que, si bien ya figura en el documentado prólogo de Juan Forn, también ha sido incluida acertadamente en la contratapa del libro: "Toda la literatura norteamericana viene de los bolsillos del chaleco blanco de Mark Twain".

novela

44. El forastero misterioso

Mark Twain.

Tusquets, 2018,

296 páginas, $249.

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