Cultura y Libros

El hombre solitario que reconstruye el mundo armado con una lapicera

Un nuevo libro de Giorgio Agamben merece ser vivido como una fiesta. El gran filósofo italiano se distiende y abre las puertas de su estudio para todos. Sensibilidad y lucidez.

Sábado 22 de Septiembre de 2018

Hay libros que, sencillamente, hacen bien. En esta época huérfana de legitimidad, entrega y compromiso, la aparición de la discrepancia con el paisaje cultural dominante merece ser registrada y valorada a fondo. Los que hayan leído a Giorgio Agamben saben a qué me refiero. El pensador italiano, íntegro y lúcido, ajeno a jergas especializadas y enemigo mortal de la banalidad, se ha convertido en oasis para quienes confrontan con este presente exangüe. Un nuevo libro surgido de su pluma justifica ser vivido como una fiesta.


Adriana Hidalgo acaba de hacer llegar a los estantes de las librerías rosarinas Autorretrato en el estudio, que dentro de la obra del filósofo nacido en Roma en 1942 parece funcionar como un reparador descanso en el camino. Ajeno a rigores disciplinarios, este texto encantador, con rasgos de diario íntimo, puede ser colocado en el mismo estante de la biblioteca donde esperan, por ejemplo, los Carnets de Camus o El oficio de vivir, de Pavese. Claro que en este caso no es un dramaturgo y narrador, ni un narrador y poeta quien escribe, sino un filósofo con todas las letras. Y entonces, pese a que para Agamben la filosofía y la poesía son territorios linderos y amorosamente complementarios, la reflexión dispondrá de otro vestuario para la puesta en escena.

Sin embargo, la solemnidad ―esa dama aparatosa― no tocará jamás a la puerta del hombre solitario que, en su escritorio, reconstruye el mundo armado con una lapicera. Agamben, sencillamente, nos cuenta quién es, es decir, qué ha leído, escuchado y contemplado. Así, con la invalorable ayuda de las numerosas (e inexorablemente bellas) imágenes que acompañan sus palabras, conversará con nosotros acerca de Martin Heidegger, Alfred Jarry, Walter Benjamin, Robert Walser, Giorgio Caproni, Pierre Bonnard, José Bergamín o Stefano Scodanibbio.

Cosecha luminosa de la vida, el conocimiento que expresa Agamben (también luminosamente) se vierte sin estridencias en la copa que sostiene el lector. Como un vino en su punto exacto de madurez, entibia y acaricia, seduce y enseña.

Hay conceptos que impulsan a buscar de inmediato el cuaderno de notas. Por ejemplo: "En indoeuropeo, la raíz que significa «conocer» es homónima de la que significa «nacer». Conocer significa nacer juntos, ser generado o regenerado por la cosa conocida. Y esto y no otra cosa significa amar". En momentos excepcionales como el citado, Agamben ―de vasta erudición filológica― recuerda, más que a su adorado Heidegger, a Friedrich Nietzsche.

Se insiste en la peculiaridad extrema del libro que se está comentando. Rara avis en el árbol seco del pensamiento contemporáneo, Agamben pertenece a una prosapia que se resiste a su programada extinción. "Nutrir no sólo significa hacer crecer: significa ante todo dejar que algo alcance el estado al cual tiende naturalmente", asegura, y queda bien claro que él se ha nutrido a sí mismo e intenta, con su palabra, hacerlo con quienes aún resisten.

El mundo se empeña en silenciar voces como la de Agamben. Simplemente, las rodea de indiferencia. Sin embargo, muy lejano del lamento o la autocompasión, el filósofo que no se resigna a la destrucción de la cultura occidental recuerda a Simone Weil, y abre una ventana en la cerrada noche: "Todo lo que deseo ―y que en consecuencia considero como un bien― existe o existió o existirá en alguna parte. ¿Cómo no ser, entonces, felices?".


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