Cultura y Libros

El color primordial

En su última muestra, Norberto Moretti da pruebas de intensidad y madurez, con miniaturas que impactan por su vigor. Su universo pictórico sintoniza con el equilibrio feroz y beatífico a la vez que subyace en el imaginario colectivo de todas las culturas.

Domingo 15 de Julio de 2018

Una amplia franja del arte de nuestros días nos tiene acostumbrados a primores y filigranas despaciosamente elaborados, que apuntan a capturar el interés del contemplador por su preciosismo, por su minucia…

No en vano, hace algún tiempo el Museo Histórico Dr. Julio Marc exhibió en sus vitrinas una serie de obras contemporáneas de pequeño formato ―de muy pequeño formato― que "dialogaban" con las piezas históricas del museo que más podían acordar con esa poética de lo meticuloso y lo exiguo: el retrato en miniatura, que tan apreciado fuera hasta los inicios del siglo veinte.

Tal vez sea por eso que uno no puede evitar dar un respingo cuando se topa con un discurso pictórico como el de Norberto Moretti ―lo reitero: el discurso de Moretti se inscribe indubitablemente en el campo de la pintura, esa vieja dama indigna que, contrariando los muchos diagnósticos pesimistas que la dieron por muerta, se empecina en seguir viviendo―, más que nada porque, si bien sus acrílicos sobre diversos soportes no tienen dimensiones descomunales ni mucho menos, contienen una fuerza implícita y un "decir" que, sin llegar a ser vociferante, no podemos dejar de experimentar y de vivenciar en nuestro interior, como inusualmente vigoroso, apasionado, enfático y estentóreo…

Para decirlo en otros términos: si las deliciosas miniaturas que mencioné al comienzo, danzan tomadas de la mano como las miniaturas musicales para clave del cortesano maestro Couperin, los cuadros de Moretti martillan en nuestra sensibilidad con la desaforada potencia de La consagración de la primavera (y conste que la muestra incluye dos homenajes a Igor Stravinsky en los que, si uno deja volar su imaginación, y "lee" en el fluctuante libro de las nubes lo que su fantasía le dicta, hasta podría adivinar cerniéndose sobre los dos pequeños paisajes atribulados, la fantasmal presencia de El pájaro de fuego).

Pero este enfoque tan temperamental del ejercicio pictórico revela antes que nada, y como ya ha sido observado y puesto por escrito por otros comentaristas, el inocultable "placer de pintar", y ello queda ratificado, fundamentalmente, por la pulcritud del cromatismo, que nunca es restregado ni brutalmente gestual ―como en un Willem de Kooning, por ejemplo―, sino que ocupa límites netamente definidos, y que no por irregulares o caprichosos son menos precisos.

Como no podía ser de otra manera, la obra más luminosa de la muestra es la que el pintor Moretti le dedica a ese "hombre ebrio de luz" ―a ciertos anacoretas que florecieron en el Egipto del siglo IV, se los llamó "ebrios de Dios"―, que rindió un culto casi místico a los esplendores de la naturaleza, y que se llamó Vincent van Gogh.

Aunque para el gusto del que esto escribe las pinturas más logradas, y en las que el color refulge con más deslumbrante intensidad, son aquellas en las que el negro recorta y exalta por contraste el brillo de los tintes, como lo harían las clásicas emplomaduras en la estructura de un vitral. ¿Acaso Rouault no fue aprendiz de vidriero, antes de estudiar pintura en el taller de Gustave Moreau? La utilización de este recurso se muestra particularmente eficaz en Nocturno 1, y más aún en Otra noche estrellada, donde la especificación en el título de que se trata de "otra noche más", pareciera aludir a la repetición de los fenómenos naturales, como a una sucesión de milagros eternamente renovados.

Pero más allá de los aciertos, en cuanto a los recursos técnicos, lo que habría que destacar en Norberto Moretti es el interés del artista en evocar ―y en re-crear con las herramientas de la pintura―, un mundo primordial que no es ni hostil ni temible, a punto tal que su Paisaje antediluviano se percibe más amigable y acogedor que cualquier otro paisaje fabulado por la inventiva de sus pinceles.

El pintor trastoca el orden natural, que la razón y la lógica juzgarían inamovible, haciendo que unas tremendas nubes amarillas luzcan más densas y corpóreas que el propio sembradío sobre el que flotan ―no puedo dejar de recordar otras nubes extrañamente apocalípticas en las obras de Francisco García Carrera―, y trastoca también los mitos icónicos de la historia del arte, pulverizando la congelada ola de Hokusai que, concebida con una paleta súbitamente aligerada y monocroma, explota y se astilla como si se tratara de un cristal apedreado (Del agua 3).

Y aunque él se empeñe en convencernos de lo contrario, yo no vacilaría en afirmar que Norberto Moretti no improvisa. Su particular universo, hecho de vibrante colorido, de formas, de secuencias, de ritmos, y de imprevistos nexos compositivos, si bien remite a fuerzas desmesuradas e incontrolables, también lo hace a pautas sabiamente reguladoras y a ciclos armónicos, incansablemente reverdecidos…

Es que, a través de su audaz despliegue pictórico, Moretti pareciera querer sintonizar con ese equilibrio feroz y beatífico a la vez que subyace en el imaginario colectivo de todas las culturas del planeta, como si se tratara de un bien muy preciado, pero irremediablemente perdido, o de un estado de gracia que únicamente apelando a la magia del arte podemos confusamente vislumbrar.

Alegoría de la piedra (homenaje a Graciela).

Data

Norberto Moretti, pinturas.

Espacio Multicultural

San Cristóbal, Italia 646.

Lunes a viernes, de 9 a 19.

Hasta el miércoles 8 de agosto.

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