UNO

Por Patricio Raffo
UNO
Cae con todo el peso de una cálida memoria el último gesto que hizo el romero en las ollas de la infancia. Baja. Desciende desde algún cielo tan incierto como tierno. Llueve suave sobre el tórrido verano. Llueve y lava. Llueve dulce desde las manos amadas que amasaban las horas de la harina en aquel tiempo que el recuerdo se empeña en retener como un perfume inalterable y eterno. El último gesto que hizo el romero en las ollas de la infancia es una marea que retorna, una y otra vez, como una calma necesaria y piadosa en la que es posible recostarse entre el murmullo de las voces amadas y las ausencias que aún echan sombra fresca en el diciembre de los jazmines.
DOS
Deja la vida indicios de su paso en las huellas de los aromas. Como el aroma de los duraznos en las horas de la siesta: las pesadas cortinas de la galería del patio se movían delicadamente al son de una brisa leve y los susurros en la casa de la abuela eran pequeñísimos secretos que emprendían un viaje inmenso, desde las baldosas tan rojas como frías, hasta estas palabras que ahora mismo escribo mientras, en mi cabeza, las imágenes se hacen un humo dulce y que, si bien algo borroso, se empeña, ese dulzor, en resultar el motivo de toda respiración en la vida de las cosas amadas.
TRES
Hay un perfume que se debate como un pez fuera del agua. Insiste en sostenerse soñando con escabullirse en las caricias del entreluz para encender sus breves aleteos en la yema de los dedos que recorrían los maravillosos universos de los cuerpos cuando todo olía a ese tibio frescor que ya no habría de repetirse.
CUATRO
¿Dónde estará la niña amada en las tardes del verano y que siempre retorna desde los perfumes que la memoria abanica de manera tan única como bella sobre la resistente fragilidad de los recuerdos?
CINCO
Hay una vieja fotografía ajada que conservo entre las hojas de algún libro profundo que la acuna desde la tersura, que yo invento o imagino, en el terciopelo de sus hojas. Estoy junto a María Elena. Tengo diez o doce años y ella tal vez unos veinte. Miramos con sorpresa la cámara con la que Osvaldo nos retrató para siempre. Tengo una campera blanca y jeans y ella un breve vestidito minifalda. Flaquita ilumina todavía ahora que ya no está. Flaquita pule el tiempo y se sostiene pajarito sobre un piolín que flota en la delicada tensión del aire de las horas. Estamos en la plaza de un pueblo del sur de la provincia de Córdoba y aún puedo sentir el perfume de las flores de esos canteros que rebalsaban de colores majestuosos.
SEIS
Mi padre viajaba, era viajante o, como a mí me gusta decir, era viajador. Andaba por las rutas, de vaya uno a saber dónde, dale que te dale con un viejo DKW color bordó. Andaba por las mismísimas tripas de las provincias y de pueblo en pueblo vendiendo alguna ilusión y alimentando las palomas de polvo que se criaban en los guadales de esos caminos insospechados. Cada tanto llegaba alguna carta o, si teníamos suerte, encontraba alguna telefónica y entre cables conectados por señoritas de correcta voz diciendo lo comunicamos, mi padre comenzaba el breve relato telefónico de su periplo interestelar. Cuando mi padre regresaba con el cansancio de las rutas en el lomo, algunos regalos y su entusiasmo inalterable, me gustaba subirme al viejo DKW color bordó y sentir el olor que quedaba ahí, en la sala de comandos de esa nave espacial despatarrada, y que era una mezcla del perfume que usaba mi padre, el aroma de algunos cigarrillos que había fumado y el olor de los talonarios de facturas y recibos que tenía desordenados en el asiento trasero y que siempre estaban así, desparramados, por ese andar y andar en esas rutas con las ventanillas bajas, o los ventiletes abiertos, para que el aire de los campos se metiera como un viento que todavía sigue soplando y haciendo volar los talonarios de acá para allá.
SIETE
El olor del mar es inolvidable pero mezclado con el perfume de la infancia de mis hijas es aún más inolvidable.
OCHO
Cruzo la calle a paso largo para evitar los charcos. Está lloviznando y atravieso la Via Carlo Alberto para ir, presurosamente, hacia ningún lado. Llovizna en Roma y, sin rumbo fijo, busco un amor que está en algún lugar delante de mí pero que no llego a alcanzar y que, tal vez, nunca logre hacerlo. La lluvia en Roma es otra lluvia. La lluvia en Roma tiene el perfume de los amores que siempre se persiguen. La lluvia en Roma tiene el perfume del reflejo del pilotín en los adoquines mojados. La lluvia en Roma tiene el perfume del zigzag de las Vespas y el aroma del ristretto de la espera. Y la espera tiene un perfume que jamás se olvida.
NUEVE
Hay días en los que solo es posible sentir dentro de uno los aromas que han sido olvidados.
DIEZ
Me reclino en el sillón del living. Entrecierro los ojos. Respiro tan suave como profundo: querida mía, la eternidad, sin dudas, habrá de tener tu perfume.


