El 28 de junio viajamos a Buenos Aires en automóvil por la autopista. A la altura de General Lagos, debido a la gran cantidad de vehículos que entorpecían el tránsito, observamos cómo muchos conductores tan impacientes como irrespetuosos de las reglas se adelantaban por la banquina y por el cantero central. No se puede hacer distinción de género ni edad en relación con los infractores: eran jóvenes, adultos y hasta personas mayores, y muchos viajaban con criaturas. Nadie respetaba el límite de velocidad, mientras los que sabemos conducir aceptábamos la espera. Entendimos, entonces, como éste tipo de personas que tiene un volante en la mano no respeta ni su propia vida ni la de los seres que lleva en su vehículo ni la de los demás, claro está. Parecen no comprender que con actitudes como las suyas se pueden producir, choques, lesionados y hasta muertes. Dios resguarde a quienes viajan con ellos y a quienes los rodean, pero sería bueno que respetaran la vida y aprendieran las normas de tránsito antes de conducir un vehículo, ¿no? Lo único bueno de nuestra experiencia es que fuimos más aquellos que respetamos las reglas que quienes no lo hicieron.































